(Foto: Getty/Referencial)
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El equilibrio geopolítico de la región está en modo carrusel y no deberíamos cerrar los ojos ni taparnos los oídos, porque las protestas que parecen no tener fin en Chile y Bolivia podrían dejarnos buenas lecciones.

En el primer caso, una aparentemente insignificante alza en el servicio del metro de Santiago destapó la olla de presión. Los protagonistas no son necesariamente quienes componen la clase menos favorecida del país. En el mar humano que ha salido a las calles hay un gran porcentaje de individuos que forman parte de la clase media. Son ellos los que al grito de “el pueblo unido jamás será vencido” le están empezando a torcer el brazo a la clase política, obligándola a ponerse de acuerdo para introducir reformas en la Constitución. El fenómeno ha sorprendido a los economistas. En una columna publicada el 31 de octubre en el diario El Comercio y, mientras el gobierno de Sebastián Piñera anunciaba que la Cumbre de la APEC se cancelaba por falta de garantías, destacaba que “Chile ha vivido en los últimos 30 años un impresionante progreso económico y social sin precedentes”. ¿Qué ha sucedido entonces? Uno de los principales desencadenantes, a decir de los expertos, es la frustración producto de la inflexibilidad del sistema. Naces pobre, mueres pobre, naces rico, mueres rico. No hay saltos hacia arriba, o hacia abajo, cualquiera sea el caso.

En Bolivia, Evo Morales, pese a los importantes logros de su gobierno como la disminución de la pobreza y el analfabetismo (que es casi 0%), y a que hubiese podido fácilmente contar con apoyo popular para retornar a la presidencia luego de un periodo intermedio, pretendió perpetuarse en el poder. 14 años no son suficientes. Pero el fraude quedó al descubierto con una auditoría de la OEA. Y así no se juega.

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