(Foto: Grupo El Comercio)
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Dios nos creó y lo primero que hicimos fue pelearnos. No entre hombre y mujer, sino contra Dios mismo. La Biblia cuenta que, puestos en esa maravilla que dicen que era el Paraíso Terrenal, en lugar de disfrutar de la abundancia, nos fuimos derechito a comer la fruta que Dios había prohibido. Así que en nuestra naturaleza está esa capacidad de armar conflictos. No es de extrañar, porque aun antes de la creación, en el mismo cielo, ya había peleas. También lo cuenta la Biblia: a Lucifer, que significa portador de la luz y era el ángel preferido, se le vino la soberbia y armó guerra. Perdió, cayó en desgracia y fue desterrado a las tinieblas. Por eso se le llama ahora Satanás, que no significa demonio, sino adversario. Así que no debería alarmar que vivamos permanentemente entre crisis. Lo que se debe analizar es cómo enfrentamos los conflictos y cómo los vamos resolviendo.

Mi trabajo profesional es andar en medio de conflictos y negociar soluciones. Nos llaman abogados transaccionales. Una de mis primeras lecciones sobre cómo aportar soluciones me la dio una pareja de pueblo. Corría 1974 y el Colegio de Abogados enviaba a los estudiantes de Derecho a hacer prácticas en sus consultorios jurídicos gratuitos. Me asignaron el de San Martín de Porres, que recién empezaba a urbanizarse. Muchas de sus calles seguían siendo lecho de río, de piedras pulidas y ovaladas, cantos rodados arrimados por algún desborde del río Chillón. La pareja se estaba divorciando y el conflicto era por la refrigeradora. Desde mi lectura clasemediera, eso era menaje de la casa y le tocaba a la mujer. Ya iba a sentar cátedra cuando el marido dijo que vivía de vender marcianos, esos chupetes de hielo y almíbar. La refrigeradora era, a su modo, una planta de helados, el negocio de la familia Y no era divisible. Divorciados, seguirían siendo socios, produciendo y vendiendo marcianos.

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A esa pareja debo dos reglas de oro. La primera, el conflicto no es lo que parece, sino cómo lo viven las partes. Para entender, tienes que sufrir el conflicto como ellas, con sus matemáticas y sus sentimientos. La segunda regla es que la primera no es suficiente. Por más que te esfuerces, no vas a entender del todo. Hay que preguntar, que las partes digan lo que quieren, que no haya duda de sus intereses, claro para que se entienda. Habla, pacta. Ahora mismo no nos estamos entendiendo, porque no decimos lo que queremos, o quizá ni siquiera lo sabemos. Ya, que se vayan todos, esto no da para más, borrón y cuenta nueva, elecciones generales. Pero no es así. Si no hay ajustes, seguiremos eligiendo algo muy parecido a lo que tenemos, más de lo mismo.

En la crisis del 2000, luego de la renuncia de Alberto Fujimori, la política peruana se reunió en el Acuerdo Nacional. Hablaron, pactaron políticas públicas, establecieron prioridades, y de ahí salieron 20 años de democracia y de prosperidad económica. Tenemos que volver a hablar y pactar: ¿qué queremos? ¿Cuánta plata tenemos? ¿Qué tanto se puede hacer con esa plata, alcanza? ¿Reducimos expectativas o ponemos más plata? Preguntas válidas para que un club de barrio compre las camisetas de fútbol. También para reconstruir nuestra sociedad.

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