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Mónica Delta,Opina.21mdelta@peru21.com

Su admiración por sistemas como el chavista, en el que democracia no es un concepto sino una burda excusa, nos quedó clara tras su última actuación como anfitrión en la reunión de Unasur y su desesperación por darle un espaldarazo a la turbia elección venezolana. Algo se está transformando en la cabeza del mandatario. Hay señales inequívocas y rasgos militaristas que hemos visto antes en el Perú. Todo indica que existe interés en la continuidad del poder. La reelección conyugal puede ser el fin. Los medios pueden ser múltiples. El estilo de dosificar sistemáticamente las noticias gubernamentales, despertar instintos contra empresarios y políticos, utilizar instrumentos de presión, no sentirse obligado a dar explicaciones de sus actos, que el vulgo solo aguarde los hechos consumados, son mecanismos conocidos en nuestro país.

Tengamos mucho cuidado porque ya sabemos como comienzan los 'lobos', siempre vestidos de ovejas. En una democracia, por más imperfecta que sea, lo que importa es la libertad de presionar a las autoridades para que nos den respuestas sobre sus actos. El secretismo es el método de las dictaduras. Claro que en un mundo globalizado es cada día más difícil, felizmente. Pero no podemos bajar la guardia. El Perú necesita más inversiones privadas, el Estado debe ser pequeño, eficiente y regulador, no comprador ni tragón. Primero, porque nuestra experiencia nos indica que no es un buen gerente y sus objetivos causan distorsión y populismo. Esto a propósito del interés de Humala de comprar La Pampilla. Debe enfocarse más bien en la seguridad, la educación, en un mejor sistema de salud y en infraestructura. Ojalá que el presidente pueda espantar sus fantasmas de polo rojo.