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Miles de jóvenes se movilizaron los últimos dos meses para protestar contra una ley que consideraban injusta. Luego de cinco marchas masivas, el Ejecutivo –promotor de esta legislación– se vio obligado a convocar una sesión extraordinaria del Parlamento para que, al final, este terminara por derogar dicha regulación. Hay veces en las que, efectivamente, la acción de protestar alcanza sus objetivos ulteriores. Son precisamente estos momentos los que legitiman la movilización y empoderan a los ciudadanos. Demuestran con hechos que la decisión individual de unirse a una acción colectiva puede tumbarse una reforma que cuenta con el respaldo de los poderes políticos y el beneplácito de los grupos económicos. La derogatoria de la 'ley Pulpín' es, efectivamente, el triunfo de la calle sin partidos opositores ni organizaciones intermedias. Es la victoria de la indignación espontánea que no necesita redes sociales virtuales ni liderazgos demagógicos.

Si ayer, estimado agitador Pulpín, celebraste merecidamente tu primera 'conquista' social, hoy deberías sumar preocupación a la resaca. Te recuerdo que las marchas no construyeron organización más allá de instancias de coordinación (las "zonas") ni afiataron liderazgos sobresalientes. Tampoco resolvieron el problema de la informalidad del empleo ni construyeron alternativas viables. Celebra, Pulpín, pero sé consciente. Y asume que lo que viene es cuesta arriba: tus compañeros –y tú– se desmovilizan, baja la intensidad y la adrenalina, gana la rutina. Que los "jóvenes eternos" –réplicas de una izquierda que solo accede al poder gracias a las botas de Velasco y Humala– no te pinten pajaritos en el aire. Recuerda que todavía no le has ganado a nadie, solo a un tecnócrata desubicado.