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"Nada dura, y sin embargo nada pasa tampoco. Y nada pasa precisamente porque nada dura". – Philip Roth, 'La mancha humana'

Hacer reformas no es fácil. Para empezar (tal vez deberíamos decir "antes de empezar"), implica un inmenso e intenso debate sobre los espacios que le corresponden al Estado y al mercado, intercambio que casi nunca se da y que, cuando ocurre, hace difícil llegar a consensos: unos parten por una definición abierta de los conceptos de libertad y responsabilidades, otros desde una posición más restringida. Luego, claro, están las pasiones personales, lo que cada uno considera justo y equitativo (el debate entre procesos y resultados).

No hemos ni empezado a debatir espacios de reformas (menos aún políticas específicas), y ya hemos imaginado la magnitud de los problemas. Y eso sin mencionar las fuentes intelectuales de quienes participen en aquel debate; como bien cita A. Dixit en su texto de políticas públicas, decía el economista Herbert Stein: "Los economistas no saben mucho sobre economía; los otros, incluyendo a los políticos que definen las políticas públicas, saben aún menos".

Reformar no es fácil, pero es indispensable: la realidad es demasiado dinámica para pensar que no es necesario alterar el estatus de las cosas. Los cambios tecnológicos, la frontera del conocimiento, la sapiencia humana, los incentivos, la información disponible, en fin, el entorno en general donde trascurren nuestras acciones es demasiado amplio y complejo para suponer que el statu quo puede beneficiar a una población, menos aún a una nación.

Reformar es entonces una necesidad, y más aún para aquellos países que se encuentran en la vía al desarrollo (sean países pobres o de ingresos medios, como el nuestro). El economista Karsten Staehr ha encontrado una relación positiva y fuerte entre reformas y políticas públicas orientadas al mercado y crecimiento económico, algo que para nosotros (que ya pasamos por aquellas reformas) nos puede sonar bastante obvio. Lo que pareciera no serlo, o no tanto, es que las mismas deben continuar para poder ampliar nuestros horizontes de crecimiento potencial. Y aquí es donde nos debería interesar a todos el tema.

En efecto, si revisamos las tendencias de crecimiento en los últimos 14 años (para tomar un plazo X de tiempo), observaremos que nuestra tasa de crecimiento ha decrecido en los últimos periodos. De un promedio cercano al 7% en el quinquenio anterior, hoy nos encontramos en un promedio cercano al 5%, con tendencia a la baja. ¿Las razones? En bruto, podríamos señalar la caída en inversión privada y en productividad, ambas relacionadas de alguna manera, pero que explican (juntas y por separado) el resultado final. Eso es lo fácil de identificar, la caída de la tasa de crecimiento. Lo que no es tan fácil de observar, pero que es –finalmente– más importante aún es la caída de nuestro crecimiento potencial; léase, la tasa en la cual "se materializa el pleno empleo de los recursos productivos" (Cepal, 2010). La tasa de crecimiento potencial de nuestra economía, según diversos analistas, era 6%; hoy, según muchos, es cercana al 4%.

¿Qué ha pasado? Bueno, para empezar han cambiado algunos factores externos, es cierto: China ya no crece al 10% como hace cinco años, y ello ha traído consigo la caída de los precios del cobre (nuestro principal producto de exportación). No obstante, la caída del crecimiento chino no es una respuesta al decrecimiento de dos puntos de nuestra tasa de crecimiento potencial. Primero, porque el 7% de crecimiento actual equivale (en verdad, supera ligeramente) a los valores de una tasa de crecimiento de 10% de la economía china hace cinco años. Segundo, y esto lo hemos señalado antes, una caída de 1% de la tasa de crecimiento china significa tan solo 0.2% de nuestra tasa de crecimiento, según un estudio de Ernst&Young.

Nuestra economía está estancada por muchas razones, pero sospecho que la gran culpable es la paralización del proceso de reformas en el Perú. Paralización que, por cierto, no es culpa exclusivamente de este gobierno. Pero es durante este quinquenio que se hizo más que evidente. Nuestra economía no podía seguir creciendo a un promedio de 7% sin el respeto a instituciones básicas (a la propiedad privada, a la estabilidad jurídica, a la libertad empresarial, entre otras) y sin la promoción de factores básicos de vida y producción (educación, infraestructura, entre otros).

Todo esto lo sabemos hace mucho, pero no hicimos nada al respecto. El gobierno fujimorista hizo reformas de primer piso que sirvieron, y mucho; posteriormente requeríamos hacer las reformas de "segundo" y "tercer" piso (instituciones, educación y tecnología, etc.), pero nuestros gobernantes optaron por jugar a la política, no por preocuparse por nuestro futuro. Y así, revivimos la trágica frase de P. Roth: nada pasa y, por lo tanto, nada dura. Sin reformas no podemos esperar mejoras en nuestra tasa potencial de crecimiento.