Foto: GEC
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Hannah Arendt asistió al juicio de Adolf Eichmann, quien, luego de ser secuestrado por el Mossad en Argentina, fue trasladado a Israel para ser juzgado por sus crímenes como encargado de la brutal maquinaria de exterminio de los judíos en la Alemania nazi.

Arendt esperó encontrar a un ser anormalmente cruel, un monstruo sádico e insensible. Pero luego del juicio, describió sus sentimientos con las siguientes palabras: “Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”.

Arendt descubrió que Eichmann era un simple burócrata enquistado en una estructura de poder político. Ejecutó instrucciones específicas que cumplió con aterradora eficiencia, como lo haría un funcionario responsable que tiene que distribuir vacunas. Era una persona tan normal como cualquier ciudadano.

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Para cometer maldades no tienes que ser un monstruo. La maldad suele ser ejecutada por personas normales y corrientes. Lo bueno o lo malo no se define solo por los valores. También se define por las circunstancias.

Arendt definió su hallazgo como “la banalidad del mal” o, en otras palabras, la normalización de la maldad. No basta entonces ser Hitler para ser malo ni la Madre Teresa para ser bueno.

Evidentemente, no es lo mismo organizar un campo de exterminio que colarse en la cola de la vacunación. Pero la banalidad del mal está igual presente: la sorpresa de ver en la lista personas que parecen normales y corrientes, cuya maldad, por lo menos en la mayoría, no es fácil de identificar, y que actuaron considerando que no estaban haciendo nada incorrecto. Todos nos hemos preguntado qué hubiéramos hecho ante similares circunstancias.

James Buchanan, Premio Nobel de Economía, dijo que ya es hora de acabar con la visión romántica de la política. Uno de los fundadores de la teoría de la elección pública (public choice) demostró que los funcionarios no actúan guiados por el bien común.

El día de su elección o nombramiento no se vuelven personas orientadas a ayudar al prójimo. Siguen teniendo los mismos intereses y preferencias de antes. Buscarán maximizar poder para proteger su propio interés, el de sus familias y el de sus amigos. Tendemos a priorizar nuestro propio interés sobre el interés de los demás. Si nos dan un recurso (como poder político o económico), tenderemos a usarlo en nuestro provecho. Trataremos de ganar dinero, influencia, puestos para nosotros, los parientes, los amigos y, obviamente, en situación de pandemia, vacunas para todos ellos.

Como la oportunidad hace al ladrón, el poder hace al corrupto. Poder sin reglas es una combinación muy peligrosa.

Un empresario puede usar muy mal su poder económico si no es disciplinado por las reglas de la competencia. Los funcionarios pueden usar muy mal su poder político si no son disciplinados por reglas institucionales que impidan la impunidad.

No es en esencia que los empresarios o los políticos sean buenos o malos. Tenderán naturalmente a maximizar su interés. Es el contexto en el que los colocamos el que puede convertir a seres perfectamente normales y corrientes en malvados.

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