(Andina)
(Andina)

En 2005, unos marchantes neoyorquinos compran un cuadro por 10 mil dólares en una subasta de una galería de arte en Nueva Orleans. Creen que están adquiriendo una de la veintena de copias del lienzo Salvator Mundi que pintaron los discípulos de Da Vinci. Como el cuadro está en mal estado, encargan su restauración a una especialista de la Universidad de Nueva York, quien, después de un año de trabajo, dictamina que la transición de colores en los labios del Cristo coincide con la perfección de la Mona Lisa y que, por tanto, se trata del original de Leonardo, pintado hacia 1500 por encargo del rey Luis XII de Francia y cuyo rastro se perdió a través de los siglos.

En 2011, el cuadro se incluye en una exhibición de la obra de Da Vinci en la National Gallery de Londres, aunque el juicio sobre su paternidad no es unánime, pues hay académicos que la disputan. A pesar de todo, los propietarios consiguen vender el cuadro en 2013, a través de Sotheby’s, por la friolera de 80 millones de dólares a un marchante suizo, quien, a su vez, meses después, lo revende a un oligarca ruso por 127 millones (o más precisamente a una sociedad de las Islas Vírgenes Británicas, creada con Mossack y Fonseca, que controla el ruso). En noviembre de 2017, el oligarca consigue colocarlo, en subasta en Christie’s, por 450 millones a un príncipe saudita (parece que testaferro del gobernante saudita Mohammed Bin Salman). El precio más alto pagado por un cuadro y ni siquiera hay la seguridad completa de que sea de Leonardo.

En 2015, otro príncipe, catarí, había pagado 179 millones por Les femmes d’Alger de Picasso. Christie’s, la casa de subastas en que se vendió y sabe de precios de cuadros más que nadie, se atrevió a predecir que no se excedería el precio en una década. Pues no, dos años después llegó un saudita a la mismísima Christie’s y pagó más del doble por un retrato y no de Mahoma, sino de Cristo Redentor. Piense el lector que, si el BCR decidiera invertir las reservas internacionales en cuadros de esta gama en lugar de divisas, los 60 mil millones actuales –o 30% del PBI– apenas alcanzarían para comprar un par de cientos.

Mi explicación es que estamos ante una burbuja colosal de activos, peor que las de 1929 y 2008, y solo comparable a la del que reventó en 2000 y cuyo ajuste, desafortunadamente, no se dejó completar, por lo que de ahí dio paso al crash de 2008. La actual es –valga el neologismo– un “burbujón” que, irónicamente, podría continuar meses y hasta un par de años porque los bancos centrales no paran de alimentar la bestia con emisiones. Normalmente ilustramos las burbujas financieras exhibiendo indicadores como la relación precio-utilidad de las acciones de bolsa –el CAPE– o con los índices de precios de los bienes raíces, pero cuando se trata de procesos implacables, como en la actualidad, no se escapa ninguna clase de activos. Como en otras fiebres especulativas anteriores, hacen gala la complacencia, la negación y las teorías de la “nueva normalidad”, y el “esta vez es diferente”.

Nadie sabe el día ni la hora, pero el ajuste llegará y será brutal.

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