[Opinión] Camilo Torres: Lichtenberg, 225 años después
[Opinión] Camilo Torres: Lichtenberg, 225 años después

El 24 de febrero de 1799 murió el profesor Georg Christoph Lichtenberg, de la Universidad de Gotinga, a los cincuenta y seis años. Muchas damas lloraron desesperadamente esa pérdida y sus maridos se consolaron recordando que el difunto era casi enano y jorobado. Sus colegas sabían que el buen profesor sería recordado por sus descubrimientos sobre la electricidad. No podían saber que sería inmortal, gracias a que el casero del profesor arrancó a la familia sus “cuadernos” y los publicó. Hoy, por error, llevan el título de “Aforismos”. No lo son. Lichtenberg registró en ellos, con la arbitrariedad de su caprichosa intuición, breves fantasías sobre psicología, literatura, ética, la lógica de los sueños, el fascismo, el psicoanálisis, la obra de James Joyce, el estalinismo, los peligros de la ciencia, el cine de y de Kubrick… El anacronismo no es culpa mía, sino de la proteica genialidad de Lichtenberg, quien esbozó temas y recursos más allá de su época.

Estos cuadernos, escritos a partir de 1765, están ordenados de la A hasta la L. Los volúmenes G y H fueron misteriosamente destruidos. “Toda una Vía Láctea de ocurrencias”, dice de ellos el autor. Su elegancia literaria no asombra menos que la sutileza de sus sospechas o su sentido de la ironía. Hijo de un siglo racionalista y eurocéntrico, Lichtenberg subvierte esas miradas: “El primer americano que descubrió a Colón hizo un mal descubrimiento”. Y: “Ante la partida de una joven amada es todo nuestro cuerpo el que desea que se quede, pero ningún órgano lo expresa tan claramente como la boca”. Nietzsche declaró que este era uno de los pocos libros en alemán que valía la pena releer. Freud, Tolstói y Wittgenstein están entre sus hinchas. Schopenhauer admiró en su autor a un filósofo que “piensa por y para sí mismo”. Algunos profesores le niegan hoy la condición de filósofo; nadie, la de sabio. Torpemente, Wikipedia lo define como “físico y satírico”.

Lichtenberg fracasó en su intento de escribir una novela, ganado por la procrastinación. En 1777 conoció a una chica de trece años; se fueron a vivir juntos tres años más tarde y ella murió en 1782. Siete años después, convencido de que moriría pronto, se casó con Margarethe, de veintiuno, para que ella heredara su pensión. Pero en vez de morir tuvo seis hijos. En nuestro idioma la mejor traducción de su singularísima obra es la del peruano Juan José del Solar.


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