Nos seguimos matando tanto. (Imagen: captura)
Nos seguimos matando tanto. (Imagen: captura)

Los peruanos hemos visto muchos niños morir. Demasiados. Como ocurrió con Ximenita, ahora hablamos de otra mente perversa que secuestró, ultrajó y mató a Camilita de 4 años. El asesino, un adolescente de 15 años. Estamos en una sociedad enferma, sin herramientas de protección, sin salud mental.

Nos representa un Estado en el que las autoridades quieren estar en la foto, con harto blablabla, pero sin un verdadero plan maestro que afronte decididamente esta tragedia social. Estos crímenes son puñetes en el estómago que nos dejan sin aire porque no son hechos aislados. No hay una educación sexual de calidad, no hay orientación para las jóvenes que enfrentan la maternidad en la adolescencia, no somos críticos del padre ausente, solo esperamos de “los padres” que sean proveedores, pero si se ausentan, o no están, y algo pasa con los hijos, siempre es culpa de la madre.

El padre es “desechable”. El estado mental de miles de peruanos, si no millones, son bombas de tiempo y cuando explotan, como con el caso del asesino de 15 años, que hasta su madre reconoce como tal, se evidencia que tenía la batalla perdida, que estaba en drogas, que era un desadaptado, que no podía con él, porque probablemente no había recursos ni opciones para tratarlo. No hay liderazgo ni coordinación ni presupuesto para abordar esa violencia en todas sus formas que nos mata cada día.

Ministros que se desgañitan después de las tragedias, alcaldes, policías declarando en los medios mostrando indignación, vecinos buscando más culpables, y mientras tanto, nos siguen matando y envolviendo en costales de rafia. Si los líderes que representan a los gobiernos sucesivos son incapaces de cumplir, siquiera, el artículo 1 de la Constitución –“La defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y del Estado”–, estamos perdidos y seguiremos manchados de sangre, hasta la asfixia.

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