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Si a la tormenta política desatada por el caso Odebrecht se le une una tormenta, así sea de rango menor, económica, las cosas se pueden poner muy mal. Y pronto. Del lado político sabemos qué esperar: mientras no se haga pública la lista completa de jerarcas y partidos, funcionarios estatales y cómplices de distinto rango, las especulaciones en redes y plazas seguirán a la orden del día.

Pero a ello se le puede sumar un fenómeno que pasa, estos días, relativamente desapercibido: un enfriamiento brusco de la economía. Por lo pronto, ya el Ministerio de Economía y Finanzas adelantó que el caso Odebrecht restaría hasta un punto del PBI (léase, si íbamos a crecer 4%, pues creceremos al 3%).

Ese punto de pierde en la paralización del Gasoducto del Sur y otros proyectos en los que se encuentra la citada empresa.

Pero, al "efecto Odebrecht" económico habrá que sumarle una serie de eventos, con mayor o menor probabilidad de ocurrencia. Para empezar, los proyectos mineros que se encuentran entre paralizados y jaqueados por los conflictos sociales (Las Bambas y Tía María, por ejemplo), proyectos que estaban en la cartera histórica del MEF para el cálculo del PBI año a año.

Luego están los costos que asumiremos por causas naturales: huaicos, sequías, etc. No solo la producción perdida, sino –y sobre todo– los gastos que generan en reparaciones y reconstrucciones. Los malos economistas dirán que ello sumará al PBI, no restará; el problema es que serán recursos que pudieron ser destinados a factores de mayor productividad, no para activos que ya teníamos. Lo que el economista H. Hazlitt llamaba "la metáfora de la ventana rota".

Finalmente, está la tendencia natural de los instintos empresariales, que (como recordamos) no viene con denodado optimismo. A todo ello hay que sumarle la alta deuda corporativa (hoy mayor que la deuda pública), factores externos (Trump y otros). La deuda privada exige altas tasas de crecimiento, ojo con eso.

Esperamos que el gobierno tenga mapeados los riesgos y planes de contingencia. Podríamos salir así, al menos, de una de las tormentas.