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Hace unas semanas tuve la dulce fortuna de tener un almuerzo al lado de las damas picanteras más emblemáticas de la bella Arequipa. El motivo parecía cotidiano: celebrar la consolidación de la sociedad picantera de Arequipa, fundada por ellas poco tiempo atrás. Cuán equivocados estábamos. Poco a poco, el aire fraterno y sincero que allí se respiraba fue abriendo camino a emotivos y largamente guardados testimonios de vida que explicaban por qué en aquel almuerzo había en realidad muchísimo más que celebrar.

¿Cuántos años nos hemos visto en el mercado y ni siquiera nos hemos saludado?, dijo la más valiente de todas. ¿Cuántas veces nos hemos criticado unas a otras sin siquiera haber probado nuestros platos?, se escuchaba al final de la mesa. ¿Cuánto tiempo hemos perdido por haber permitido que nuestros egos y desconfianzas dominen nuestros días?, dijo la más aguerrida. De pronto, quien parecía la más joven tomó la palabra. Hubo un tiempo, dijo con voz entrecortada, en que creí que lo mío era un fatal destino. Que aquello que mi madre había heredado de mi abuela y que con tanta pasión conservó era un legado que yo no tenía por qué continuar. ¿Por qué yo, que tenía otros sueños e inquietudes? ¿De qué valía estar todos los días largas horas frente a un fogón entre rocotos, ajos y cebollas cocinando para otros? ¿Qué sentido tenía aquella vida? Hoy, sin embargo, siento todo lo contrario. Desde que nos hemos unido, desde que estamos juntas, sé que mi vida y la de todas mis colegas, en realidad, siempre tuvo un sentido. Hoy nos sentimos orgullosas de ser cocineras y empresarias porque, con nuestro trabajo, hacemos felices a quienes nos visitan y porque con él ponemos en valor las tradiciones de nuestra tierra. ¡Qué manera más digna de vivir!, gritó emocionada. Pero lo más importante, continuó, es que la desconfianza quedó atrás y hoy, que estamos unidas, podemos trazarnos objetivos, hacer planes para alcanzarlos y trabajar en conjunto para que estos se cumplan. ¡Hoy soñamos con que las picanterías arequipeñas sean conocidas por el mundo entero y no pararemos hasta lograrlo!, sentenció entre aplausos y lágrimas.

Conmovido, la escena me recordó a aquellos años en los que el movimiento al cual pertenezco empezaba a fundarse. No eran distintos. El ego, la desconfianza, la vanidad y el miedo impedían todo diálogo y con ello toda posibilidad de que aquel tesoro heredado de nuestros abuelos llamado cocina peruana pueda darse a conocer en un mundo que estaba más listo que nunca para valorarlo y disfrutarlo. Por fortuna, la unión y confianza mutua fueron llegando poco a poco y gracias a ello pudimos, todos juntos, diseñar los planes y estrategias necesarios para lograr que un día cercano la cocina peruana fuera reconocida mundialmente. El resto es historia.

Se acercan las elecciones y quienes no somos parte de la política, es decir, la inmensa mayoría de los peruanos, nos llenamos de angustia al ver cómo nuestros políticos eligen cada día el pleito en vez del debate, el agravio en vez de la discusión de ideas. Y nos angustiamos porque los días pasan y, con ellos, perdemos las oportunidades que el mundo les ofrece al Perú y a los peruanos a diario para progresar y hacer sus sueños realidad. Pero no. El pleito y el agravio dominan un escenario en el que, en realidad, deberíamos estar discutiendo todos –políticos y ciudadanos– todas y cada una de las políticas que necesita cada actividad de nuestro país, para que se desarrolle y contribuya al bienestar individual y colectivo de los peruanos.

Por ejemplo, todos tenemos en claro que la educación es el arma más poderosa de progreso, pero, ¿acaso sabemos todos cuál es la política educativa del Perú para los próximos 25 años? ¿Adónde queremos llevarla y cómo lo lograremos? Sabemos que el gran desafío de la humanidad es ambiental y que el Perú, por ser un país de biodiversidad, puede ser uno de los grandes perjudicados con los efectos del cambio climático, pero, ¿estamos todos de acuerdo y sabemos cuál debe ser la política ambiental que nos proteja de los embates futuros sin renunciar a aprovechar responsablemente nuestros inmensos recursos naturales? Sabemos que el crecimiento de la economía y la población mundial generará demandas enormes de proteínas y que las que tendrán mayor valor en el mercado serán aquellas que garanticen pureza, salud y bienestar, como es el caso de todo aquello que abunda en un país de biodiversidad agrícola y marina como el nuestro, pero, ¿sabemos y estamos de acuerdo todos respecto a cuál será la política agrícola, pesquera y alimentaria de nuestro país de aquí hasta el año 2030? Sabemos que la tendencia del consumidor mundial se inclina cada día más y más hacia adquirir experiencias antes que bienes materiales y que, en ese contexto, el Perú tiene todo lo necesario para convertirse en el país vedette que ofrece infinitas experiencias a compartir con el mundo, pero, ¿acaso tenemos ya una política comercial, en unos casos, y turística, en otros, que aproveche al máximo esas oportunidades en los próximos años? Sabemos que, en este mundo vertiginoso donde todo cambia en un minuto, es la innovación el gran desafío, pero, ¿acaso sabemos ya cuál será nuestra política de innovación, ciencia y tecnología para los años que se nos vienen? ¿Acaso hay un nutrido debate al respecto? Sabemos que es la cultura y el arte los que construyen espíritus libres y mentes abiertas y sensibles, esenciales para una sociedad vigorosa, pero, ¿acaso hemos diseñado una política de largo aliento al respecto? ¿Y el deporte? Conocemos todo lo bien que les hacen al ánimo y la autoestima de un pueblo los éxitos de sus deportistas, pero, ¿acaso tenemos ya una política diseñada para lograr resultados lo antes posible? Es probable que, en algunos de los casos mencionados, ya exista algún plan al respecto. Sin embargo, si estos no son conocidos, comprendidos y aceptados por la ciudadanía, la posibilidad de su puesta en marcha siempre estará amenazada precisamente por los vaivenes de una política más concentrada en el lío que en la sustancia. Por favor, queremos oír ideas, abrazar propuestas, sentirnos parte de políticas de largo plazo por las cuales luchar y defender. En serio, es urgente. Menos pleitos, más políticas.