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Carlos Carlín,Habla.Babasccarlin@peru21.com

Durante años he vivido aterrado en mi país, escondido como un judío en el holocausto. Como un cristiano en Roma. Mintiendo sobre mis gustos y preferencias. Callando sobre lo que no me gusta. Obligado a esquivar preguntas e invitaciones, crecí con la misma sensación de peligro con la que convive una musulmana adúltera. Porque en el Perú hay cosas que no se pueden decir, es preferible mentir. 42 años de mentiras es mucho y ya me cansé, me aburrí de vivir inventando excusas. Hoy me siento seguro como para confesar que, salvo el ají de gallina, ¡no me gusta la comida criolla! ¿Por qué no podría decir, sin temor al linchamiento, que no le encuentro ninguna gracia a agarrarme a codazos con un montón de gente por una porción de chancho al palo en Mistura? ¿Es pecado acaso decir que nunca he frotado ni frotaré mis manos como la mosca cuando me anuncian que servirán eso que llaman aguadito? ¿Por qué vivir con miedo a que me caiga un puñetazo por rechazar sin vergüenza un cuartito de pollo a la brasa? Vivir mintiendo no es vivir. Prefiero morir de inanición. No me odien por ser sincero, no me escupan. Así soy y, no comiendo, no le hago daño a nadie. No soy un animal, soy un ser humano. No me gusta la comida criolla, y no por eso dejo de ser peruano.