‘La escala de colores entre el cielo y el infierno’, de Juan José Roca Rey. Ilustrado por Mechaín.
‘La escala de colores entre el cielo y el infierno’, de Juan José Roca Rey. Ilustrado por Mechaín.

No eres un mal tipo

Por: Juan José Roca Rey

El taxista pisaba el acelerador al máximo en la Vía Expresa, a la altura del Estadio Nacional. La imagen de Clarita al borde de la muerte, la desesperación con la que la señora Clauss había contestado el teléfono y los segundos que se llevaban de a pocos el alma de la joven deprimida carcomían la culposa mente de Nicolás.

Subieron en la octava salida que daba a la avenida Benavides, para luego dirigirse hacia el hospital de la avenida República de Panamá y encontrarse con la señora Clauss, gritándole a algunos empleados del lugar, quienes acostumbrados a trabajar rodeados de personas impacientes ni siquiera volteaban a verle la cara.

– ¿Qué ha tomado? – preguntó Nicolás.

Pensó que le daría vergüenza mirarla a los ojos, pero esta idea se había desvanecido tras la situación. La importancia del mundo cambia cuando la muerte ronda cerca.

– La encontré con estas pastillas y mi botella de vodka. – respondió sacando un tubo transparente con medicamentos para el dolor.

Nicolás se las guardó en el bolsillo y se acercó a un hombre con uniforme marrón y botas negras parado en la puerta del hospital.

– Por favor, mi hija se muere. – mintió –. Parece que tiene una sobredosis.

– Señor, por favor, ustedes no son los únicos que requieren atención. – respondió el guardia de seguridad –. Ya le dije a la señora que si no puede esperar, se vaya a otro lado.

– ¿Está hablando en serio?

– Señor, por favor, retírese de la puerta que está estorbando el paso.

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Nicolás se volteó y regresó indignado. La señora Clauss ayudaba a Clarita a vomitar en el jardín de la acera.

– ¿Qué pasó? – preguntó Eduardo cuando lo vio regresar.

– Déjame llevar a Clarita a la puerta. Tenemos que hacer un escándalo para que vean que se trata de una emergencia. – le dijo a la señora Clauss -. Quédense aquí un segundo – continuó.

Sentó a la adormilada joven en una silla de ruedas y la llevó hacia la puerta, para colocarla frente al guardia de seguridad. Este le interrumpió el paso y Nicolás metió los dedos a la boca de la joven hasta casi tocarle el esófago. Clarita hizo un gesto convulsivo y Nicolás siguió hurgando en su garganta. Al segundo intento, este sacó la mano y apuntó la cara de Clarita hacia el petulante hombre parado en la puerta del hospital. Clarita le vomitó encima del pantalón y las botas negras y Nicolás notó que había expulsado algunas pastillas de su organismo.

– ¡Hijo de puta! ¿Qué mierda le sucede? – gritó el guardia, al sentir el vómito caliente en sus pantalones.

El hombre se alejaba de su puesto de trabajo, entre arcadas y gritos al no poder soportar el olor de la mezcla de la última cena de Clarita con los vasos de vodka antes de caer dormida. La joven siguió vomitando por toda la puerta principal del hospital, hasta que un grupo de médicos parados en la recepción corrieron a socorrerla. Estos la llevaron a uno de los cubículos de emergencia, mientras la señora Clauss, Nicolás y Eduardo esperaban a que toda esta pesadilla termine.

– ¿Usted es la madre de Clarita? – preguntó el doctor media hora más tarde.

– Sí. – respondió la señora Clauss.

–Clarita ya se encuentra mejor. – continuó el doctor –. Tuvo una fuerte sobredosis de oxicodona que, al mezclarse con alcohol, termina en episodios de coma o a veces en cosas peores. Le hemos lavado el estómago y debería despertar en unas horas, pero ya pueden pasar a verla.

Cuando la joven despertó, se encontró con su madre, Eduardo y Nicolás conversando frente a la camilla. La señora Clauss corrió hacia ella cuando notó su primer movimiento. Nicolás se quedó mirando de lejos y Clarita lo llamó. La vergüenza inmediatamente le invadió otra vez.

– No eres un mal tipo. – dijo Clarita, cogiéndole la mano aún herida por la pelea con Rodrigo.

– Descansa. No te preocupes por eso ahora. – respondió Nicolás.

Clarita sonrió y volteó a ver a su madre nuevamente.

Nicolás y Eduardo salieron de la clínica y caminaron hasta llegar a la avenida Benavides. Pararon en la estación de servicios y compraron una botella de ron, Coca Cola y unos cigarrillos. Luego bajaron algunas cuadras, hasta llegar a la pensión.

– ¿Qué carajos acaba de pasar? – preguntó Eduardo.

–No lo sé.

–Parece que ya no te van a desalojar, Nico.

–Espero que no.

Cuando entraron, Nicolás fue al baño para mear y se quedó un rato frente al espejo, mirando el deterioro en su cara. Habían sido días largos. Sacó el tubo de las pastillas para el dolor que guardaba en el bolsillo, sin poder controlar aún los temblores que tenía en la mano. Cogió dos y las pasó con agua del lavadero.

Cuando salió, volvió a la mesa con Eduardo y se sirvió un vaso de ron con Coca Cola hasta el tope. Ambos se quedaron hasta terminar la botella. Nicolás se iba calmando a medida que iba y regresaba del baño cada cierto tiempo.

‘La escala de colores entre el cielo y el infierno’, de Juan José Roca Rey. Ilustrado por Mechaín.
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