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Jaime Bayly,La columna Jaime Baylyhttps://goo.gl/jeHNR

Nos gusta que nos elogien, que nos necesiten, que nos digan cuán valioso es nuestro aporte, que nos paguen más y más por nuestra inestimable contribución, nos gusta tanto que nos quieran que no imaginamos que aquellos que antes nos querían un buen día se cansarán de nosotros y nos dirán adiós, buena suerte, hasta nunca, pero eso por desgracia ocurre, a todos nos ocurre, y si nadie nos ha despedido todavía de un trabajo o un amor o una amistad, ya se encargará de despedirnos la vida misma, interrumpiendo nuestra existencia cuando le dé la gana, lo que muy raramente coincide con nuestras ganas, pues son muy pocos los que tienen ganas de morirse (alabados sean) y menos, los que hacen algo para que esas ganas se traduzcan en unos hechos concretos (benditos los suicidas ejemplares). El despido suele tomarnos por sorpresa y parecernos un hecho injusto, arbitrario. Me han despedido no pocas veces y siempre o casi siempre me ha parecido una cosa atroz, horrorosa, de muy mal gusto, que me expulsaran de un lugar, que interrumpieran con alevosa brusquedad una rutina que ya se me hacía mediocre y placentera, que me hicieran sentir que sin mí estarían mejor, mucho mejor, y pasado el tiempo (pasa el tiempo pero quedan los rencores, indisolubles) he venido a descubrir que esos despidos, en su momento traumáticos y sin duda dolorosos, terminaron siendo convenientes para que yo fuese quien debía ser, para que mi destino se cumpliese cabalmente tal y como estaba escrito, me temo, en las arenas movedizas que lame la ola incesante del tiempo. Me echaron del colegio por faltar sistemáticamente a clases, me echaron de la universidad por desaprobar una y otra vez un curso que no entendía, me echaron de un canal de televisión por hacer una pregunta atrevida, me echaron de la casa de mis padres por comportarme de una manera díscola y libertina, me echaron de sus vidas unos amigos por contarlo todo en mis novelas (tal vez no alcanzaron a comprender que uno solo escribe de lo que de veras le importa), me echaron de nuevo, tantas veces, para qué contarlas ahora, de la televisión, siempre por negarme a callar lo que estaba pensando, por decir lo que a duras penas podía hallar en mi cabeza y mi corazón: todos esos despidos fueron humillantes, brutales, desoladores, y con seguridad no hicieron de mí una mejor persona, y sin embargo ahora que los recuerdo me parecen inevitables, me parece bien que ocurrieran, me digo que tenían que ocurrir y que esto que soy ahora mismo es la suma de todos los infortunios que caben en mí (y siempre cabe uno más, siempre se puede estar peor hasta que uno se muere, lo que en su momento es considerado un infortunio, pero a lo mejor no lo es del todo). Eso es lo bueno de ser escritor: todo lo malo que te va ocurriendo sirve para recogerlo y volcarlo en las novelas y escribirlo de una manera que te redima de esas miserias y esos pesares, todo lo que es malo en la vida misma acaso sea bueno para los emprendimientos artísticos, todo lo que te hace desgraciado te hará también, con suerte y si perseveras, menos tonto e insensible y dotará a tu voz de una musicalidad única, singular, todos los que te han despedido y humillado son, quién lo diría, tus aliados impensados en el quijotesco afán de dejar una huella, un testimonio, algo que preserve una mínima belleza cuando ya no estemos. Lo que somos es también, al mismo tiempo, lo que no somos, lo que no hemos podido ser, las carreras inconclusas, los sueños interrumpidos, las ilusiones rotas, perdidas; lo que nos define con más exactitud no es lo que hemos conseguido sino lo que no hemos logrado, lo que hemos perseguido inútilmente, aquello que se nos ha escapado y seguimos soñando con alcanzar; la borrosa, mágica cifra de un individuo tal vez no se encuentra en las cosas que hace sino en las que quisiera hacer, en las que sueña que algún día hará y que con toda probabilidad nunca hará. De todos los despidos, el más cruel es acaso el del tiempo, que se despide de nosotros todos los días, lenta y sigilosamente, sin que lo advirtamos con la debida perspicacia: cuando cae la tarde y llega la noche hemos sido despedidos, nos queda menos tiempo, somos los escombros o los desechos o los residuos de lo que fuimos, esta noche podría ser la última o la penúltima y sin embargo la vivimos como si fuera eterna. Tal vez por eso, porque tarde o temprano todos seremos despedidos del modesto oficio de estar vivos y porque ahora mismo estamos siendo despedidos de un viaje a ninguna parte que más o menos pronto habrá de interrumpirse, es preciso aferrarse a las pequeñas cosas de las que ningún jefe o empleador podría despedirnos: esos actos solapados que nos dan alguna forma de placer, esas ceremonias íntimas, minúsculas, que nos recuerdan el goce de existir, esas palabras sosegadas que hemos pronunciado este día, en esta lengua, antes de que caiga la noche y todo sea polvo y olvido.