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Abraham Levy, Opina.21alevy@metereologica.pe

Cuando era niño, la selección peruana, si iba a Colombia, jugaba en el Campín de Bogotá. Luego, en la Copa Libertadores, el Millonarios de Cali y el Nacional de Medellín obligaron a visitar los estadios de la segunda y tercera ciudad de Colombia. Pero jugar en Barranquilla nunca se vio.

Hace unas semanas, conversando con el profesor Markarián de cara, precisamente, a lo que podría encontrar nuestra selección al pie del Caribe, él me decía que ese tipo de licencias respecto del cambio de sedes tradicionales, no obstante no prohibidas por la FIFA, debería ser repensado.

La FIFA pretendió castigar la altura de La Paz, pero no el calor extremo. Los dos son peligrosos porque someten al cuerpo de quien no está acostumbrado a rigores que no siempre terminan bien.

Barranquilla está al lado de las más cálidas aguas del Caribe. En esta época, aquello es calor y humedad que disparan una alta sensación térmica que sobrepasa los 37 °C de la temperatura corporal.

El cuerpo se somete a un doble esfuerzo: jugar bien y hacer funcionar un radiador interno para no recalentarlo. El local está condicionado a ese ambiente; el foráneo tiene una gran desventaja. ¿Y si jugamos en el Cusco?