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Sociólogo y comunicador

Busque el video que circula por las redes en el que una niñita se asusta de su sombra y huye de ella; y cuando se da la vuelta, se vuelve a asustar y llora desconsoladamente. Sonreirá al ver este viral porque se trata de una bebé que apenas ha aprendido a caminar y su candor nos hace gracia. Bueno, así estamos los peruanos cada vez que nos toca afrontar los grandes retos del presente. Aunque esto no es gracioso. Vivimos mirando hacia atrás. Nos asustamos de nosotros mismos.

Para quienes vivimos en los 80, esa década representa un cajón de recuerdos infelices. Todo se destruyó: la economía nacional y los negocios grandes y pequeños, el sistema político y las ideologías populistas, la autoestima colectiva y las aspiraciones de millones de familias del campo y la ciudad. Miles de peruanos huyeron a otras tierras, miles sucumbieron entre dos fuegos en la época del terrorismo, millones resistimos esta catástrofe siguiendo la lógica del enfermo terminal: sobreviviendo día a día. Esa experiencia, sin duda, nos ha marcado y aún no la hemos podido superar.

No es casual que existan temas vedados en la opinión pública ni que repitamos incansablemente que nada ha cambiado, que todo sigue igualmente corrupto en un país que las miradas externas califican auspiciosamente. Y así justificamos esta forma de sobrevivir que aprendimos en la sociedad de la hiperinflación: solo se salvan los que bailan con su pañuelo. Los 80, y consecutivamente los 90, derrumbaron algo más importante que la economía y la política nacionales: diluyeron nuestras nociones más primarias de comunidad. Desde allí, a pesar del "crecimiento" y el surgimiento de las nuevas clases medias, seguimos siendo una sociedad dividida, desconfiada, polarizada.

Cuando uno visita la exposición del artista Miguel Aguirre es invitado a viajar al pasado directo y sin escalas. Y entonces ese Perú oscuro y sin futuro se nos presenta frontalmente. Y uno siente que el pasado no ha pasado, que la queja y el pesimismo siguen presentes, que no hemos aprendido a vivir en el futuro, que seguimos reaccionando ante nuestras sombras.

No estamos listos para promover a una nueva generación de políticos, menos para atender propuestas audaces que nos saquen de esta medianía. Seguimos votando por los mismos personajes y las ofertas del pasado. Tenemos nuevos cines pero repetimos la misma vieja película, nuevas emisoras radiales y la misma música del recuerdo. Votamos con miedo. Nos asusta el futuro.