La reina, las torres y los peones. (USI)
La reina, las torres y los peones. (USI)

Francesco Petrozzi disfrutaba su recuperada libertad. Era la primera entrevista que el congresista concedía luego de presentar su carta de renuncia a la bancada de Fuerza Popular y sus declaraciones volvían a confirmar lo que antes y en su momento ya habían dicho Paloma Noceda, Patricia Donayre, el propio Kenji Fujimori y hasta Yeni Vilcatoma cuando se apartó del grupo parlamentario. El fujimorismo es una estructura vertical, cuasi militar, donde manda Keiko, “la lideresa”. Es ella, pero son también Ana Herz y Pier Figari, sus asesores. Es decir, la cúpula. Y que ellos se sientan tocados por la divinidad, vaya y pase. Lo que todavía no tiene explicación es por qué se están demorando otros tantos en sumarse a la lista de disidentes. ¿Fanatismo? ¿Lealtad? ¿Hambre de poder? ¿Miedo?

¿Acaso es cierto –como apuntó Maritza García – que el partido tiene un expediente detallado con los pecados cometidos por cada uno de sus parlamentarios listo para ser usado en caso de rebeldía?

A la luz de lo que hemos conocido durante las últimas semanas, uno se pregunta: ¿puede trasladarse la admiración de la que hablan Luz Salgado o Luisa María Cuculiza por Alberto Fujimori a su hija, solo porque comparten ADN?

¿Qué obliga a un congresista a votar en contra de lo que piensa y cree para hacerlo en bloque? La respuesta es una línea de pensamiento común, porque puede haber diferencias, pero esa unidad de criterios básicos sobre hacia dónde debe ir el país tiene que existir. El asunto es que no es así.

¿Cuál es el mérito de “la lideresa”, además de su apellido paterno? ¿Cómo calificar su paso por el Congreso? ¿Alguna iniciativa de ley que valga la pena recordar? Keiko no trabaja. O sí, lo hace para el partido que lidera y sus congresistas le pagan un sueldo por su liderazgo. Es que hay a quienes les sobra la plata.