Pedro Coronado, Joaquín Sabina y Ricardo Lago en la Nochevieja de 2016.
Pedro Coronado, Joaquín Sabina y Ricardo Lago en la Nochevieja de 2016.

Conocí a Sabina en 2002, una noche en su piso de Relatores en el centro de Madrid. Yo llevaba apenas semanas en Madrid, después de un largo periplo desde que emigré a estudiar a EE.UU. en el 77. Unos días antes me había contactado Jimena –la hija de mi amigo Pedro Coronado– para decirme que vivía en Madrid con Joaquín Sabina. Les invité a cenar a mi casa; con todo preparado y esperando, suena el teléfono; era Jimena que, disculpándose, me propone ir a su casa porque estaba de paso por Madrid un amigo muy querido de Joaquín; a lo que, contrariado dije: “Vaya, tiene que ser alguien importante”. Resultó que era Pablo Milanés.

Más que una cena, era una soirée de guitarra y whisky. Milanés había llevado a tres principiantes cubanos para que los escuchara Sabina. Se alternaban en el canto y, como me tocó estar en un punto de tránsito de la guitarra, en uno de los viajes, pensé que era mi oportunidad de cantarle “Yolanda” a Milanés, me quedé con la guitarra y lo hice; al concluir, Joaquín, gran maestro de la ocurrencia y la ironía, se levanta y dice: “Pablo, este de San Sebastián ha venido a humillarnos”; carcajada general. En otra, uno de los cubanos se queja de que no le llega el whisky y Sabina le espeta que “a la entrada hay un libro de reclamaciones para cubanos”, a lo que aquel le responde “y el de españoles, ¿donde está?”, a lo que Sabina replica “en casa de Milanés en el segundo piso”; más risas.

Y de esas interminables noches sabineras (toda persona decente se levanta antes de las 4 de tarde, suele decir Joaquín) se cuenta otra historia bonita. Su canción más popular es “Y nos dieron las diez y las once”, que guarda un parecido tan estrecho con los “Ojos de gata” de Los Secretos que da lugar a pensar en plagio. Sabina y Enrique Urquijo, el solista de Los Secretos, se juntaban en interminables veladas bohemias y, en una, allá por el 91, Urquijo le pidió a Joaquín inspiración para completar su nuevo disco y este sacó del bolsillo un papel en el que había escrito, esa misma tarde, un par de estrofas que arrancaban con “fue en pueblo con mar, una noche después de un concierto, tu reinabas detrás de la barra” y comentó que el tema iría bien con una melodía ranchera que tarareó. A partir de ahí, cada uno compuso el resto por separado dando lugar a dos canciones paralelas; la de Sabina es de noche de pasión con la mesera, mientras que la de Urquijo es de noche frustrada en que se queda dormido y la usa como almohada.

Corría setiembre de 2011 y yo participaba en un programa de Oppenheimer presenta sobre el movimiento de los indignados. Otra panelista era una española que había estado en las protestas de Occupy Wall Street. Unas semanas después me la encuentro en una actuación de Sabina en Miami y, conversando, me dice que conoce a Joaquín de tiempo y que, además, ella es la musa de su canción “Princesa”, algo que corroboró el cantautor al presentar el tema durante el concierto.

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