"Bruno Pacheco en la panadería de mi primo. Sus palabras fueron como una ducha de agua fría y me despabilé por completo. Me levanté como un resorte y empecé a caminar sin sentido alrededor de mi departamento".
"Bruno Pacheco en la panadería de mi primo. Sus palabras fueron como una ducha de agua fría y me despabilé por completo. Me levanté como un resorte y empecé a caminar sin sentido alrededor de mi departamento".

Digamos que me llamo Juan Pérez. Digamos también que soy un suboficial de la Policía Nacional y, por último, digamos que soy una persona honrada. Ahora sí puedo contarles mi historia. Estaba en mi día de descanso, cambiando de canales mientras mis ojos se empecinaban en cerrarse y hundirse en el sueño, cuando, de pronto, el celular timbra. Sé que es algo improbable, pero sentía que sonaba mucho más fuerte de lo normal, y con mucho menos tiempo de intervalo entre cada timbrada; parecía que el celular supiera que era una llamada que podría cambiar mi carrera, mi vida entera.

Apenas contesté, reconocí la voz aguardientosa de mi primo. La ansiedad debió haberlo traicionado porque atropellaba sus palabras y casi no le entendía. Luchín –digamos que se llamaba así– tuvo que repetirme varias veces lo mismo hasta que pude sacar en limpio sus palabras: “Primo, huevón, Bruno Pacheco está ahorita, aquí, en mi panadería, comprando una empanada de pollo”. “¿Estás completamente seguro?”. “Sí, primo, las de carne ya se nos acabaron”.

Bruno Pacheco en la panadería de mi primo. Sus palabras fueron como una ducha de agua fría y me despabilé por completo. Me levanté como un resorte y empecé a caminar sin sentido alrededor de mi departamento. “Cálmate” fue lo primero que atiné a decirle, aunque quizá también me lo decía a mí mismo. Los segundos siguientes eran vitales. Pacheco podría estar viviendo escondido en la zona o podría estar de paso. “Luchín, escúchame bien. No lo pierdas de vista. Demora un poco en atenderlo y si se va, lo sigues”. “Pero, primo, huevón, ¿qué dices? El policía eres tú”. “Ya lo sé. Estoy saliendo para allá. Por nada del mundo lo pierdas de vista”.

Apenas colgué, recién comprendí la gravedad de la situación. Se trataba de Bruno Pacheco, exsecretario general de Palacio, ex mano derecha de Castillo y pieza fundamental de la organización criminal que lideraría el propio presidente de la República. La Fiscalía dictó prisión preventiva contra él y la Interpol acababa de emitir una alerta roja para ubicarlo. Todo esto iba cavilando mientras, con gran apuro, me iba cambiando de ropa. Dejé el departamento, bajé las escaleras rumbo a la cochera. De golpe, me vino a la mente –no me gustan las aplicaciones de rutas– el camino más rápido de Lima a Cañete. Salté a mi fiel Toyota, puse mi placa y mi arma en la guantera. Me coloqué el cinturón de seguridad, me persigné y emprendí el viaje.

De acuerdo a mis cálculos, si todo iba a bien –¡y todo tenía que ir bien!–, iba a llegar a mi destino en menos de tres horas. Luego de pasarme dos semáforos en ámbar, no pude ganarle al tercero y me detuve en rojo. Entonces mi celular despertó. “Primo, ya no pude demorarlo más. En este momento se está yendo. Va a subir en una camioneta negra de lunas polarizadas”. “¿Qué placa? Dame su placa”. “No puedo ver, primo. Desde aquí no veo”. Casi sin darme cuenta le di un golpe al volante. “Acércate. Apunta la placa. No. Mejor síguelo. Que no se te escape”. “¿Que lo siga? Huevón, estás loco. Esto puede ser peligroso”. “Escúchame, Luchín. Están dando 30 mil soles de recompensa por Pacheco”. “¿30 mil soles? Tú, tranquilo, primo. Esa plata, digo, ese maldito no se me escapa”.

Sentí un pequeño alivio cuando vi el nivel de la gasolina: una parada en el grifo habría sido un retraso. Aferrado al volante, miraba el camino, el espejo retrovisor, los espejos de los lados; acelerando, frenando, haciendo los cambios, segunda, tercera, cuarta, de vuelta a tercera y ahora a cuarta, quinta. Mientras manejaba casi mecánicamente, me iba preguntando qué tenía que hacer. Mis reflejos de policía-que-busca-ladrón me hicieron llegar hasta ahí, pero Pacheco no era cualquiera. Habría jurado que estaba fuera del país, aunque, a decir verdad, la pregunta no era dónde estaba, sino si en verdad la Policía lo estaba buscando. Me urgía hablar con algún oficial que sea confiable y que sepa de estas cosas más que yo.

Digamos que su nombre es Pedro García. Digamos también que es un coronel y, por último, digamos que es una persona honrada. Mi mano derecha dejó el volante para llamarlo, pero el celular empezó a sonar antes de tocarlo. Era mi primo. Me contó que había seguido a la camioneta en su auto, un Wolkswagen achacoso, pero cumplidor. “Está en una casa-huerto, a pocos minutos de la ciudad, como yéndose a la sierra”. “Vigila la casa de lejos. No te vayas a acercar”. “¿Por qué, primo?”. “Tú hazme caso nomás. Llego en hora y media”. En seguida, llamé al coronel. Me contestó y me saludó de buena gana. Sin rodeos, lo puse al tanto de lo que estaba pasando e incluso le dije que yo ya estaba yendo, casi volando, hasta Cañete. No me dijo nada. Durante varios segundos, solo hubo silencio. Tanto así que pensé que la llamada se había cortado. Entonces, me habló con el tono de voz de una sentencia. “No le cuentes a nadie más. Es un asunto muy delicado. Déjame ver lo que se puede hacer. Te devuelvo la llamada”.

Por más que estuve acelerando todo lo posible, todavía estaba muy lejos de Cañete. Quizá, si seguía a ese ritmo vertiginoso, adelantando autos y buses como si fuera un juego de Playstation, llegaría en una hora al destino. Otra vez el celular parecía reventar. La voz de mi primo se escuchaba ahora apagada, como si estuviera susurrando. “Se están yendo. Pacheco se subió rápido a la camioneta y se están yendo. Huevón, parece que le hubieran avisado”. Casi sin pensarlo, fui soltando el pie del acelerador. Giré el timón y me detuve a un lado del camino. Necesitaba pensar. La llamada. El coronel. Lo delicado del asunto. No era difícil imaginar lo que había pasado. “¿Qué hago, primo? ¿Lo sigo?”. “Déjalo, Luchín. Ya saben que estás ahí”. “¿Ya saben? ¿Quiénes saben? Primo, huevón, ¿en qué me has metido?”. “Tú tranquilo. Yo me encargo. Regresa a tu negocio nomás. Te llamo más tarde”. “¿Y la recompensa?”.

Con la respiración acelerada, llamé al coronel. El celular sonaba una y otra vez, pero no me contestaba. ¿No podía o no quería hacerlo? Insistí tanto que a la enésima llamada, por fin, me respondió. No tuve que decirle nada. Como imaginé, ya estaba al tanto de todo. “Me dicen que Pacheco ya está rumbo a un nuevo escondite”. “¿Un nuevo escondite?”. “Sí, Pérez. El ministro se lo agradece”. “¿El ministro?”. “Claro, y no son solo palabras. Preséntese mañana a primera hora en mi oficina y de ahí nos vamos a verlo”. De todos los reclamos, quejas e improperios con los que iba a fulminar al coronel, no pude articular ninguno.

Puse primera, segunda, tercera y aceleré a fondo. Decidí que lo mejor era ver el vaso medio lleno. Después de todo, iba a ver al ministro. Quién sabe, hasta me podría ayudar con el traslado que hace tanto vengo pidiendo. Con la mano libre, cogí el celular. “Luchín, igual voy para allá para contarte. De paso, te invito a almorzar”. “¿Y eso? ¿Te ganaste la recompensa?”. “No, Luchín, no me la gané. Creo que nunca nadie se la va a ganar”.