(GEC)
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Si seguimos la lógica de Martha Chávez, Keiko solo podría representar a los peruanos en un país del Asia, tal vez en Japón. Definitivamente no podría ser presidenta de Perú, donde la amplia mayoría no se ve como ella. Así son las estrictas reglas en el pensamiento Chávez: en su mundo, los rasgos raciales y la ascendencia definen las fronteras de la función pública.

Así de racista sonó la congresista cuando dijo que Vicente Zeballos “quizá debió ir a Bolivia. Como moqueguano y como persona de rasgos andinos, es una persona que debería conocer y llevarse mejor con la población mayoritariamente andina o mestiza de Bolivia (...)”. Una declaración abiertamente discriminatoria que hasta despertó a PPK para tuitear en rechazo. El mismo Fuerza Popular –o quien maneje su Twitter– también tomó distancia.

Entre lo llamativo de la situación está la tranquilidad y soltura que tuvo la congresista para soltar esa frase y la insistencia con la que luego la justificó, como si no tuviese consciencia no solo del daño que hace, sino de lo mal que quedó. El racismo es así. Se manifiesta de forma inconsciente y aflora de manera transparente. Está tan normalizado que es difícil reconocerlo en nosotros mismos. Si quedan dudas, escuchen a la congresista justificarse.

Como nadie sabe para quién trabaja, la declaración racista terminó favoreciendo a Vicente Zeballos. Su designación en la OEA es un favor político desmedido, siguiendo una mala costumbre local. Peor ocurrió en el 86 con Gonzales Posada, quien, luego de dejar el cargo de ministro de Justicia tras las matanzas del Frontón, también fue enviado a la OEA. Me parece bien que existan embajadores políticos, pero premiar a exministros con embajadas es una costumbre que se debería revisar. Aun así, vergonzosa y condenable la declaración racista de Martha Chávez. Quizá lo único positivo sea el rechazo extendido a sus palabras.