Nunca he tenido tiempo ni interés en saber quiénes viven cerca de casa; hoy es casi inevitable y ya sé que, a cierta distancia frente a mi departamento, un joven corre haciendo un circuito por el balcón y luego desaparece breves momentos, supongo que para completarlo entre la sala, cocina o dormitorio. Sé que tengo vecinos que han cambiado su rutina de sacar a caminar al perro y ahora pasean la maleta hasta el supermercado y la regresan con lo que pudieron conseguir ese día. Creo que podríamos organizar un sistema de trueque entre quienes salimos lunes y jueves y quienes salen martes y viernes.

También he aprendido a valorar aun más el trabajo de aquellos que para algunos eran “invisibles”: los que recogen la basura, hacen vigilancia parados durante horas o barren las calles desde muy temprano. Hay otros vecinos en el país que no tienen cómo recibir el bono ni la donación de alimentos porque para muchos, incluyendo el Estado, son invisibles. No esperemos que su desesperación nos obligue a verlos.

Hoy “el vecindario” es mucho más grande que cuando éramos niños y por mucho que me desagraden ciertas autoridades, agradezco no tener un presidente que saca “detentes”, billetes de un dólar o hace referencia a tréboles como protectores contra una enfermedad muy contagiosa que llega a ser mortal. Y agradezco que haya religiosos que humilde y públicamente niegan el uso de amuletos y expresan respeto por la ciencia.

Así que, me atrevo a proponer dar la contra a esa epístola que suele leerse en matrimonios y que dice que si hago cosas buenas, pero “no tengo amor”, de nada sirve. Hagámoslo distinto y ayudemos especialmente a aquellos a los que no amamos.