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Roberto Lerner,Espacio de crianzahttps://espaciodecrianza.educared.pe

Hago cola para pagar en una conocida tienda de productos naturales. Dos madres jóvenes conversan: en sus casas no entra nada que no sea necesario para el cuerpo. No puedo con mi genio y les pregunto cómo hacen cuando los chicos asisten a un cumpleaños. Ni modo, me contestan, pero los tenemos entrenados: si cogen un alfajor soplan el azúcar en polvo de la superficie. Me pregunto —eso no lo digo— si sus hijos asistirán en el futuro a conciertos —algo absolutamente innecesario— o si en la adolescencia se masturbarán pensando en papitas fritas.

Hay sabores, texturas y olores que son ricos porque son necesarios, no al revés. Es lo que motivaba a conseguir las cosas que los definían, que eran escasas, inciertas y huidizas. Nuestra mente no está acostumbrada a serles indiferentes aunque ahora abundan y, sin duda, sus sabores, texturas y olores son intensificados y ofrecidos con tecnologías sofisticadas.

Pero lo humano se define más allá de la necesidad en el deseo y allende la satisfacción en el placer. Ambos entrañan peligros y siempre han estado regulados por etiquetas, esquemas culturales, regulaciones informales y, también, aunque no principalmente, por leyes.

Últimamente los rituales sociales y las tradiciones del grupo están siendo reemplazados por una moral obsesionada con la salud mal entendida —no como equilibrio sino como perfección— y la pureza en el origen, procesos de producción composición y presentación de lo que nos llevamos a la boca. El culto de la desregulación en lo económico y de la regulación en deseos y placeres se combinan y nos van a pasar factura.