Cuando exdirectivos de Odebrecht admitieron pagos de sobornos a funcionarios, incluyendo expresidentes, en varios países de la región, no imaginamos cómo la noticia iba a desnudar el sistema mercantil y corrupto que se había instalado en nuestras democracias, apropiándose completamente de ellas.

En el Perú, después de las graves acusaciones de corrupción que pesaban sobre Alan García, como, por ejemplo, por el caso del tren eléctrico, y, posteriormente, luego del desmontaje del aparato montesinista, vivíamos en una suerte de tranquilidad entusiasta provocada por el crecimiento económico. Pensábamos: nunca más volverán la hiperinflación y el terrorismo mientras no elijamos a un gobierno de izquierda. Montesinos está en la cárcel. Ahora todos somos marca Perú y solo cosecharemos éxitos. Nunca más el peruano oprimido. Hasta creíamos estar finalmente en la ruta adecuada, cuando el hombre “perfecto” resultó electo presidente.

Pedro Pablo Kuczynski y su “gabinete de lujo” haciendo ejercicio en el patio de Palacio de Gobierno proyectaban lo que para algunos era la imagen de un nuevo país. Rápidamente despertamos a la realidad. Ni PPK era el señor intachable ni la política se había librado de prácticas montesinistas. Puede que no viéramos nuevamente montañas de dinero en una salita del SIN comprando congresistas y líneas editoriales, pero supimos cómo en loncheras y maletines, se financiaba campañas electorales con la clara intención de comprar a un presidente o alcalde, por decir lo menos. Hoy vuelve la sensación generalizada de sospecha constante y una suma de factores, que van desde la guerra comercial entre EE.UU. y China hasta la ineficiencia del Estado, nos están llevando a preguntarnos si el festival de la langosta está llegando a su fin.

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