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Como cada año, el 5 de abril sirvió no solo para recordarnos la importancia de preservar el orden democrático sino, también, para compararnos (tanto como se utiliza, para quienes tienen memoria, el 3 de octubre). Sí, ya sabemos que las comparaciones son odiosas, pero hay un parteaguas en 1990, y si algo tuvo de positivo el golpe fue que entre las condiciones que se pusieron para su resolución se encontraba, en el epicentro, un cambio constitucional que se caía de maduro.

Así como la Constitución de 1979, forjada en plena dictadura militar, se enmarcaba en las estructuras ideológicas de los once años previos (ex propiaciones masivas, control de la economía y el aparato productivo, entre otros), la Constitución de 1993 se producía en los aires de la recuperación económica post ajustes de 1990.

Recordémoslo: el país colapsó hacia mediados de 1990; la inflación llegaba a récords mundiales, la economía decrecía a doble dígito, todo estaba controlado, el Estado manejaba más de 220 empresas, todas a pérdida, y nuestras cuentas fiscales llevaban décadas en rojo. Encima de eso, inhumanos contingentes terroristas asesinaban y destruían todo a su paso. Éramos considerados, por ello, un "Estado fallido" por los analistas extranjeros.

Entonces ganó las elecciones Alberto Fujimori, bajo la promesa del "no shock", e hizo lo contrario, un "shock" que bien podría servir de ejemplo global en lo económico: se liberalizaron los mercados de manera quirúrgica, se privatizaron las empresas a fin de conseguir recursos y volver más eficiente y competitiva nuestra economía, se desregularon los mercados, aterrizó la inversión privada internacional y se le brindaron garantías y, lo más importante, se establecieron las pautas de estabilidad fiscal y monetaria que rigen hasta hoy.

El Perú ha cambiado mucho desde 1990. ¿Cuánto? Veamos. Tomaré, para el análisis, los datos publicados en el web yourlifeinnumbers.org, el cual compara datos cruciales tomando distintas fechas y realidades.

Nací en 1972, en plena dictadura militar. Desde entonces, el Perú ha cambiado, por supuesto; el torrente de desarrollo global llega a los más alejados rincones tarde o temprano. Desde entonces los ingresos por persona han crecido en 79% en Perú; para tener una cifra comparativa, si hubiese nacido en Estados Unidos, los ingresos habrían mejorado en 108%. La expectativa de vida ha mejorado en 36% en estos 45 años, la tasa de mortalidad infantil en 87% y la media de escolaridad en 103%.

Pero si hubiese nacido en 1990, los ingresos hubiesen mejorado en 134%, y si hubiera nacido en Estados Unidos, tan solo 43%. La expectativa de vida habría mejorado tan solo en 14%, pero la mortalidad infantil en un 77% y la escolaridad media en 33%.

Estas mejoras no son producto del golpe, no malinterpreten ni salten a conclusiones. Pero sí son un resultado de una serie de decisiones y acciones que van desde los ajustes de 1990, pasando por el cambio constitucional de 1993, por la recuperación de la democracia plena en el 2000, los cambios en los ciclos económicos globales, y una larga lista de factores. En el epicentro, sin embargo, destacan los ajustes realizados desde Julio de 1990, resguardados en nuestra actual Carta Magna.

Por increíble que parezca, grupos politizados presionan un día sí y otro también por el cambio de esta estructura, partiendo por el cambio de una Constitución que ha probado, en la vida de millones de peruanos, sus logros y fortalezas.

Cierto, hay países que lo han hecho aún mejor. Chile, por ejemplo: desde 1990 los ingresos han crecido en 158%. Pero también pudo ser peor: de nacer en Venezuela, los ingresos habrían crecido en tan solo 1% en estos últimos 27 años.

Si de resúmenes se trata, el Perú cambió, mucho y para bien, desde las reformas de 1990 y consolidó este marco en su Constitución de 1993. Hoy tenemos una estructura que nos permite ser participantes activos de un futuro global e integrado, cosa que otros países de la región no pueden demostrar. ¿Se puede mejorar? Por supuesto que sí. ¡Estamos obligados a hacerlo! No hay excusas. Sabemos qué tenemos que hacer, y tenemos el capital humano y cognitivo para hacerlo. Aún con la tragedia de El Niño costero, recursos no faltarán para dichas reformas. En un par de generaciones hemos pasado de ser considerados como un "Estado fallido" a convertirnos en un país de ingresos medios. ¿Podríamos alcanzar a los desarrollados? Con mucho esfuerzo, enfoque y trabajo, sí. Discutiendo nuestro marco constitucional cada año y desaprovechando nuestras ventajas, por supuesto que no. Pero la decisión esta ahí, es nuestra.