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Ariel Segal, Opina.21 arielsegal@hotmail.com

A diferencia del programa de ESPN Hablemos de fútbol, miles de brasileños han manifestado de diversas formas un mensaje común: "Podemos prescindir de la Copa Confederaciones y del Mundial 2014, pero no de transportes, escuelas y hospitales dignos", y no desean hablar de ese deporte, sino sobre el alza de precios de pasajes (cuestión ya solucionada), el excesivo gasto público para la construcción y ampliación de estadios de fútbol y la corrupción durante los gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT), con Lula y con Dilma Rousseff.

Mientras Pelé, algo fuera de contacto con las protestas, les pidió a las multitudes que descargaran sus frustraciones apoyando a la selección durante la Copa Confederaciones, otros futbolistas están demostrando que, si bien en Brasil el fútbol corre por las venas de sus ciudadanos, no sustituye las necesidades básicas.

Rivaldo, el exdelantero del Barcelona FC, ha declarado que "es una vergüenza estar gastando tanto dinero para este Mundial y dejar los hospitales y escuelas en condiciones precarias". También Neymar ha demostrado su madurez humana: "Mis padres trabajaron mucho para poder ofrecerme a mí y a mi hermana un mínimo de calidad de vida. Hoy, gracias al éxito que ustedes me proporcionan, podría parecer demagógico por mi parte –pero no lo es– levantar la bandera de las manifestaciones que recorren todo Brasil". También se han expresado varios compañeros de la selección como Hulk y David Luiz: "Me parece bien que la gente proteste por sus derechos".

Mientras el supuesto 'milagro brasileño' se esfuma repentinamente –aunándose a la crisis de los modelos capitalistas de bienestar europeos y al chileno, al más liberal norteamericano y a los populistas de Venezuela, Bolivia, Argentina, etc.–, las grandes mayorías brasileñas les dicen a sus gobiernos municipales, federales y al central que no quieren hablar de fútbol, sino de su nivel de vida.