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Mónica Delta,Opina.21mdelta@peru21.com

Esta semana se ratifica en la última encuesta de Datum que mientras el Congreso sigue en caída libre, Ollanta sube como la espuma. ¿Debe el presidente quedarse tranquilo con la aprobación ciudadana de casi dos tercios o debe aprovechar la ventaja para una "gran transformación"? Pero no se equivoquen. No hablo, ni de lejos, de su trasnochado primer plan de gobierno, sino de las reformas institucionales, en capital humano, en infraestructura, en ciencia y tecnología, que el país verdaderamente requiere para dar el salto hacia el desarrollo. Pero es cierto: para hacer tortillas hay que romper huevos, y eso, hasta ahora, no ha ocurrido.

Las cifras económicas no pueden ser más alentadoras: la gente, en su mayoría, sintoniza con el estilo sencillo y parco del presidente Humala. Sin embargo, vivimos de la inercia de los buenos vientos económicos. El Perú crece y crece desde hace 39 meses sin interrupción, pero en los niveles estructurales, muchas veces, parece que decrecemos y, como el cangrejo, "vamos para atrás". Ollanta y su equipo aún no están decididos a "remover cimientos". Sigue construyendo los pisos de arriba del Perú. Sin embargo, no está reforzando ni cambiando algunas estructuras corroídas por el tiempo o corrompidas por los desagües subterráneos.

El 2013 tiene que ser el año en el que el crecimiento empiece a transformarse en desarrollo y las políticas públicas se den para el largo plazo. Ollanta, además, debe cuidar mejor sus gestos hacia adentro y hacia afuera para mantener un nivel de estadista. Su último viaje a La Habana ha sido un fiasco. No sólo utilizó excusas poco creíbles, cuando con claridad pudo haber dicho que iba para enterarse sobre la salud de su "amigo" Hugo Chávez, sino que, además, fue "ninguneado" por la diplomacia cubana al ser recibido por un funcionario de segunda categoría. Pero lo preocupante es que su presencia en la isla se puede interpretar como el "aval" de la situación irregular que vive Venezuela, y eso no le hace bien al país.