Si hacemos un registro de expresiones, debe ser, la del título, de las más frecuentes en el repertorio verbal de los padres. Me encontré en un lugar público con un joven amigo que tomaba desayuno con su pequeño de, más o menos, 5 años. Lo primero que hizo fue decir: “¡Saluda al tío!”

El niño, vivaz, vestido con un kimono de karate, tenía un sus manos una cajita de golosinas. Me miró y no dijo nada. Yo comenté, como muchas veces lo hago en esas circunstancias, “ay los papis siempre nos están obligando que digamos hola a todo el mundo”. Sonrió. El papá hizo un pequeño discurso acerca de los modales y que para llegar a tener cinturón negro uno tenía que ser amable. “Y tú quieres ser cinturón negro, no?, preguntó, retóricamente el progenitor. El niño asintió, sonriendo.

Todos tenemos en el desván de nuestros recuerdos, probablemente en algunos casos, en la parte de memorias nítidas y también nada agradables, esos encuentros con personas que nunca habíamos visto y a quienes debimos ofrecer un saludo protocolar, en el mejor de los casos; o, escenario de pesadilla, abrazar y besar, ser abrazado y besuqueado.

Se me dirá que ensayar los libretos de la etiqueta social es parte del aprendizaje, hacer que se cumplan es parte de nuestro papel de padres y que saludar no es dañino para la salud. Bueno, sí, quizá, pero respetar la renuencia de interactuar abiertamente con desconocidos, entender los avatares de la mente infantil respecto de los usos del lenguaje o, simplemente, la existencia dentro de los distintos estilos de ser de la timidez, también es valioso.

Mientras conversaba con mi amigo, ya olvidado el incidente, sentí un jalón en mi polo. El pequeño sacó una golosina de la cajita y me dijo: “te convido una”. Le agradecí y tomé el pedazo de chocolate. “¿Sabes?”, le dije, “estoy seguro de que vas a tener cinturón negro”. Y felicité al papá por tener un hijo empático y educado, aunque no le naciera saludar al tío.

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