Ciudadanos que intentan regresar a pies a sus regiones de origen tras quedarse sin recursos. (GEC)
Ciudadanos que intentan regresar a pies a sus regiones de origen tras quedarse sin recursos. (GEC)

La emergencia sanitaria nos está mostrando el rostro de un país que no habíamos visto o querido ver, un Perú que es resultado de décadas de incompetencias. Sabíamos que existía detrás de las cifras macroeconómicas pero nunca imaginamos los niveles de informalidad, desigualdad e ineficiencia estatal. Especialmente, el fracaso de la regionalización impulsada por la demagogia.

Una cosa es conocer el número frío sobre el papel: 70% de la fuerza laboral está compuesta por gente que no está en planilla. Otra, muy distinta, entender que las consecuencias de ello atentan no solo contra los derechos laborales sino humanos de los individuos.

En reciente entrevista con canal N, la ministra de Desarrollo e Inclusión Social, Ariela Luna, comentaba que se está empezando a intercambiar información con los gobiernos regionales para saber dónde están y cuántos son los peruanos que dejaron sus lugares de origen para venir a Lima.

Pilar Mazzetti, jefa del Comando de Emergencia para la lucha contra el COVID-19, reconocía que nadie había imaginado los desplazamientos multitudinarios que vemos a diario de la población flotante de Lima.

No sabemos quiénes somos ni dónde estamos, entonces cómo ubicamos a los que no existen en la formalidad, cómo los atendemos, cómo se verifica que cobraron un bono solidario. Atroz.

Sumemos a eso el caudillismo oportunista de la mayoría de autoridades del interior. Jalados en ejecución presupuestal, en eficiencia, pero rebasados por la corrupción.

Acaso la pandemia nos haga reflexionar en esto y en muchas de nuestras otras irresponsabilidades, incubadas durante largo tiempo.

Sin información actualizada y al alcance de todos, poco es lo que se puede hacer porque caminamos a ciegas y bajo supuestos. No es posible el éxito así.