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Existe un par de malentendidos sobre la cobertura periodística de estas elecciones que se repiten a diario en las redes sociales. No sé si las afirmaciones nacen guiadas por la ignorancia o la mala fe, pero su refuerzo constante pinta un escenario que poco tiene que ver con la realidad de lo ocurrido.

Se dice que esta ha sido una campaña sin ideas y que los medios no han hecho nada por interrogar a los candidatos sobre sus propuestas para hacerlas llegar a los ciudadanos. Se dice, en segundo lugar, que los medios han sido dóciles –y hasta cómplices– con el fujimorismo y han escatimado el recuerdo de su siniestro pasado.

Sobre la primera afirmación, digamos, existe una pátina de verdad. Pero poco más. Este proceso electoral ha estado condicionado por una serie de cuestionamientos burocráticos, reglamentarios y legales, que capturaron la atención de los candidatos y electores durante buena parte de la campaña. Los medios informaron sobre los alcances y consecuencias de esos cuestionamientos, y es por ello que pareció que la campaña electoral había mutado en un tedioso y confuso debate jurídico.

Digo pareció porque, si bien el foco se encontraba en los procesos abiertos por el JNE, los candidatos siguieron realizando mítines, presentando propuestas –disparatadas algunas, sensatas otras– e intentando hacer llegar su mensaje a los electores. Por su parte, la mayoría de medios siguieron dando cuenta de ello, a la vez que intentaban –cuando los candidatos se dignaban a responder– cuestionar y discutir lo propuesto. Había, es cierto, una cantidad enorme de ruido de fondo y pasiones exacerbadas, pero en eso esta campaña no se diferencia de ninguna otra.

El segundo malentendido, repetido en tribunas de opinión y celebrado con vítores, likes y compartidos en redes sociales por simpatizantes del movimiento antifujimorista, reza que los medios han escatimado información y han escondido el pasado del fujimorismo a los electores. Esto, por supuesto, reforzado por el recuerdo de lo ocurrido en la campaña de 2011, cuando algunos medios se excedieron en su toma de posiciones –a uno y otro lado, seamos sinceros– y olvidaron su papel informativo para convertirse en desvergonzados órganos de campaña.

Lo que fue cierto en 2011 no lo ha sido esta vez, basta revisar las hemerotecas de los principales diarios del país. Nuestros medios distan bastante de la calidad que exhibe el kiosco digital de países del primer mundo, pero no todos son la cloaca infecta que a muchos les gustaría. El desprestigio que pesa sobre la prensa en general se ha convertido en un velo demasiado oscuro que nos impide analizarla con justicia. A lo que hay que sumar el efecto de pérdida de contexto en la información producto de las redes sociales, donde solo existe lo que comparto yo o comparten mis contactos en este preciso momento.

Hace mucho que está probado que nuestras decisiones políticas están guiadas más por la emotividad que por la razón, así como influidas por el condicionamiento grupal. Lo mismo ocurre, estas elecciones son una prueba, con la manera en que leemos los medios.