notitle
notitle

Como en América Latina han sobrado los dictadores y no han faltado los grandes escritores, tenemos abundante literatura del género. Baste recordar El otoño del patriarca de García Márquez, El recurso del método de Carpentier, Yo, el Supremo de Roa Bastos o La fiesta del Chivo de Vargas Llosa.

Sin duda, Maduro, hablando con el pajarito, denunciando una conspiración contra su vida por semana y alucinando una revolución latinoamericana para defenderlo, dará materia a algún otro grande de nuestras letras.

Para entender lo que pasa en Venezuela juntemos el desastre económico que dejó García en 1990, con la perversión de las instituciones del fujimorismo de la re-reelección. Pero, agreguemos, el horror cotidiano del crimen en las ciudades venezolanas, que presagia lo que podemos tener aquí si no enmendamos rumbos.

Maduro, el 1 de mayo, dio cuenta de un estado mental terminal amenazando con que el "referéndum es una opción, no una obligación", "en esta oportunidad vamos a revisar una por una las firmas". "Si la oligarquía quisiera tomar este Palacio por una vía o por otra, yo les ordeno a ustedes declararse en rebelión y decretar una huelga general indefinida hasta obtener la victoria". O sea, el dictador que se ha negado a acatar la ley de la Asamblea para la libertad de los presos políticos amenaza ahora con impedir el referéndum revocatorio o desacatar sus resultados.

Urge aplicar la Carta Democrática Interamericana, como pide el secretario general de la OEA. Esta fue aprobada en Lima, en el 2001, como parte del festejo democrático de los países de la región por la caída de la dictadura de Fujimori y Montesinos.

En esencia, la Carta estipula que pervertir las instituciones democráticas es una forma de dictadura a ser sancionada. Su aplicación es quizás la última oportunidad para una salida pacífica al drama venezolano. Ojalá que nuestros presidentes den la talla.