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Ariel Segal,Opina.21 arielsegal@hotmail.com

Es poco lo que se puede decir o escribir sobre Nelson Mandela, que no sea una loa redundante de las que tantas merece y muchas se han divulgado sobre el hombre que con extrema sensibilidad y gran sabiduría –luego de 27 años de prisión por su lucha contra el apartheid (sistema de segregación racial)– se convirtió en el primer presidente de una Sudáfrica democrática, pluralista y tolerante a todas las razas y etnias del país.

Para entender la grandeza de Mandela, y del hombre que decidió transformar a Sudáfrica de una nación paria y racista a una referencia mundial de tolerancia, Frederick De Klerk, el presidente blanco que "dio sentencia de muerte" al apartheid, es importante comprender la esencia de ese sistema que según el cronista Ryszard Kapuscinski se ha practicado desde tiempos inmemoriales como una doctrina cuyos partidarios se convencen de que todos pueden vivir como les venga en gana, siempre y cuando, aquellos que pertenecen a otra raza, religión o cultura diferente a la nuestra, vivan lejos y cercados. "El apartheid fue y sigue siendo una doctrina de odio, desprecio y repugnancia hacia el Otro, el extraño", definió el reportero polaco.

Las invocaciones a "guerras santas", a pseudo-ciencias raciales, a las ideologías masificadoras que atentan contra los derechos individuales en el nombre de mitos y de estados todopoderosos, y tantas otras doctrinas que dividen a los seres humanos, son modalidades de apartheid.

Son pocas las historias de conquistas libertarias atribuibles, en especial, a un hombre, y Mandela (sin dejar de reconocer el rol de De Klerk que lo indultó y permitió elecciones justas para todos los sudafricanos) escribió una de ellas.

PD: Fragmentos actualizados de un artículo que en 2010 dediqué a Nelson Mandela, a quien cito en numerosas ocasiones con esta frase del poema "Invictus": "Soy el amo de mi destino. Soy el capitán de mi alma").