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Las señitos me paran en la calle para resondrarme. Me reclaman que no entienden qué cosa estoy tratando de hacer en La Noticia Rebelde, mi nuevo programa, que ya nada es igual, que ya no soy el mismo de antes.

Precisamente, damas y caballeros, ese es el plan. Más que cualquier otra de las dudas vocacionales, sexuales o existenciales que deben haberme atormentado hasta anoche, la eterna disyuntiva de mi vida siempre ha sido la siguiente: ¿me tomo en serio o me tomo en broma? Y la solución es: las dos cosas al mismo tiempo. En serio, por necesidad. En cacha, por supervivencia. Yo, en el fondo, más que periodista, debo ser un humorista frustrado. En ningún territorio me siento más en casa que en la joda natural. Es un asunto de honestidad, me parece. Nunca eres más tú que cuando estás jodiendo al prójimo como a ti mismo. La seriedad, en cambio, es siempre impostada, falsa, pomposa, artificial. Cuéntenmelo a mí que he tenido que poner mi mejor carita de estreñimiento crónico para que parezcan muy importantes las huevadas inmamables que los políticos se sientan a contarme interminablemente en los programas de televisión. Pobres. ¿Qué los hará pensar que así lograrán conquistar la atención de un público que clama por nuevos memes y más bloopers de gatitos? Hubo un tiempo en que me equivoqué de carrera y me puse a estudiar Derecho. Qué cague de risa. Dedicarme a las normas. Yo, todavía. Me aburrí rápido, felizmente, así que decidí cometer errores distintos: cambié las leyes por los plumones Faber Castell, me puse a dibujar tiras cómicas y en 1988 gané un concurso que organizaban Alonso Núñez y Juan Acevedo en el suplemento ¡NO!, que se publicaba con la revista SÍ. Lo mejor de todo era asistir a esas reuniones, a las tempestades de ideas de aquel comité divertido: una gente loca que se pasaba la mañana tomando cafecito con queque marmoleado, haciendo garabatos, soltando ocurrencias y cagándose fabulosamente de la risa. Yo tenía veinte años y pensaba: qué maravilla, esto es lo que quiero hacer toda mi vida. Pero luego bajaba al primer piso de la redacción y veía a los "periodistas serios" –pucho en boca, todos sesudos, profundos, ceremoniosos– fatigando las teclas con gran estrépito, editorializando sobre el sentido de la vida y pensaba: qué maravilla, esto es lo que quiero hacer toda mi vida. Acto seguido, por supuesto, perseveraba en el error y volvía a equivocarme de carrera. O, lo que es lo mismo, me cambiaba a la Facultad de Periodismo. Ya se sabe que un periodista es, siempre y en cualquier caso, una persona que se ha equivocado de carrera.

Alarmado ante el riesgo de que el humor me condenase al limbo de la eterna intrascendencia, postulé a una beca de verano en El Comercio. Me acuerdo que me recibió don Pedro Cateriano, el papá del premier. El afable señor me tomó un examen sencillo y me admitió como el nuevo practicante de Policiales. En aquellos días de coches bomba y masacres, pocos trabajos eran más serios en la vida que ser un periodista policial del decano. Mis días transcurrían ahora entre la morgue y la prefectura, aprendiendo jerga forense, devorando atestados, poniéndole la grabadora al llanto interminable de los deudos. ¡Cuánto extrañaba el alegre desbande de los humoristas gráficos mientras dormitaba en medio de esas esperas ominosas en los pasadizos de la Dincote! No, no era esto lo que quería hacer toda mi vida. Tenía que haber algo menos deprimente. Claro que había. Una mañana me llamó al diario un señor de tupido bigote que salía en la televisión. Era Gonzalo Rojas de Canal Nueve y hacía un programa de reportajes que, en realidad, se hizo muy famoso por unas cámaras escondidas en las que ponía en aprietos a los políticos con tests de cultura general sobre libros inventados o medía las reacciones de los transeúntes ante falsas broncas callejeras entre curas con sotana. Salir en la tele tenía que ser divertido y más si se trataba de un show tan delirante como ese. Pero ponerme delante del lente no estaba –para nada– entre los planes del amigo Gonzalo. Él me había leído en ¡No! y me quería como guionista especializado en este tipo de pastruladas. Y yo que, a la sazón, estaba más hambriento de fama que el congresista Josué Gutiérrez bailando el kasachok, le dije que sí sin chistar, echando por la borda una fulgurante carrera en la que, a estas alturas, ya estaría llenando paredes íntegras de mi casa con los platitos recordatorios que nunca obtuve. Mi objetivo de meterme como sea en la pantalla se logró pero mi gloria televisiva duró las cinco semanas que tardó el canal en cancelar un programa histórico que marcó un hito en las telecomunicaciones transmitiendo el certamen Miss Perú Gay por primera vez, por iniciativa de adivinen quién. ¿Cómo podía haber abandonado el diario más importante por tamaño despropósito? La frívola tele no llegaba a ser un trabajo serio. Y así, sucesivamente, hasta el día de hoy.

No es tan difícil de entender, ¿o sí? He escrito libros cuando he tenido ganas de ser serio y cuando he tenido ganas de joder, me he pintado, de todos los colores imaginables, el pelo que ya no tengo porque me lo rapé. He reducido a cenizas una campaña presidencial, pero también he ayudado a ganar al candidato equivocado. He charlado dos horas con Vargas Llosa con la misma disposición con la que me he metido a la cama con Yesabella. He conducido programas culturales de los que nadie se acuerda y programas escandalosos de los que nadie se olvida. ¿Y de qué te arrepientes? –repreguntarán a coro, cien mil millones de coleguitas, por toda la eternidad. Me arrepiento de lo que no he hecho todavía. Créanme. La Noticia Rebelde es el programa que quise hacer toda mi vida.