Una novela en entregas ilustrada por Mechaín (Perú21).
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Mea culpa

por Juan José Roca Rey

Se despertó en medio de una aplastante oscuridad, sintiéndose solo y con la angustia de diez resacas sumadas. Lo único que podía ver era una fuerte luz, a lo lejos, que le quemaba la vista. Nicolás supo que algo andaba mal, no recordaba cómo había llegado a ese lugar. Escuchaba aún el agua de la ducha corriendo, pero, poco a poco, ese sonido se convirtió en algo parecido a cadenas que se arrastraban.

La luz y el ruido se volvieron insoportables, sintió su cabeza a punto de estallar, por lo que cerró los ojos y cubrió sus oídos con las manos. Cuando volvió a abrirlos, se encontró en una habitación de paredes blancas y antiguas, ilustradas por rajaduras en los lugares exactos en los que su mente quería que estén. Dos ventanas hacían que esta se ilumine por completo, pero la claridad aún le molestaba.

En una esquina vio a un viejo postrado en una silla de madera, tomando una botella de vino. Tenía aspecto de veterano de guerra, con marcas de agujeros en la cara, tenía los dientes y labios pintados de morado y un olor a baño de cantina. Aun así, el viejo tenía estilo, hasta la silla de madera tenía estilo cuando lo veía sentado en ella. A Nicolás le quedaba un incómodo sinsabor, al no poder reconocer quién era ese extraño personaje, que se le hacía tan familiar.

– ¿Podemos cerrar un poco las cortinas? –preguntó Nicolás.

– Tan marica como de costumbre –respondió el viejo riendo.

– ¿Papá? –dijo Nicolás reconociéndolo.

Don Aurelio le dio un largo trago a su botella.

– ¿Has venido a seguir echándome la culpa de todo lo que te pasa? –preguntó el viejo.

Nicolás se llenó de rabia, cerró ambos puños y tensó la mandíbula.

– ¡Viejo hijo de puta! –gritó.

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Hundido en un mar de odio, intentó atizarle un golpe al lado de la cara, pero don Aurelio lo esquivó y le pegó uno más potente en el ojo. Cuando Nicolás se reincorporó, notó que el viejo tenía algunas marcas de cortes en los nudillos, como si hubiese vivido incontables peleas callejeras en su ausencia.

– ¿Te crees muy fuerte? –dijo don Aurelio–. No podrías soportar ni dos segundos en mis zapatos.

Nicolás se quedó de rodillas y empezó a llorar de impotencia.

– ¿Por qué con Linda? ¿Por qué me tuviste que quitar todo lo que quería? –preguntó.

– Te has pasado la vida señalándome por lo que te pasa –se rio don Aurelio–. Yo ya estaba muerto para cuando dejaste ir a esa chica.

El viejo encendió un cigarrillo y volvió a tomar de la botella. Nicolás se puso de pie nuevamente.

– ¿Qué me dices de todas las cosas que le hiciste a mi madre o de las veces que me volteaste la cara a golpes cuando era un niño?

– Somos una especie tan extraña –respondió en voz baja–. Ningún animal en la Tierra podría soportar alejarse tanto de sus instintos para fingir ser perfecto.

– ¿Qué quieres decir? –preguntó Nicolás.

Las cadenas empezaban a sonar a lo lejos nuevamente y la luz que entraba por las ventanas se atenuaba.

– Entramos vivos y salimos muertos, de nuestras relaciones ejemplares, de las deudas que nos encierran por vivir en un sitio de bien, de los puestos de trabajo que compran nuestro tiempo por una mísera fracción de su verdadero valor –don Aurelio le alcanzó la botella a Nicolás y este bebió un trago escuchándolo–. Somos humanos, hacemos lo mejor que podemos con los defectos que tenemos.

–Hubiese sido bonito que me hables así en la realidad.

–Hubiese estado bien. Tal vez quería demostrarle al mundo lo dura que había sido mi vida –dijo el viejo–. Pero no te veo muy lejos de cometer mis errores.

El sonido de metales arrastrándose se volvió insoportable nuevamente y la luz que entraba por las ventanas estaba a punto de apagarse por completo. Nicolás cerró los ojos y tomó un último trago de vino.

A medida que recobraba la conciencia, aquel sonido molesto se parecía más al del agua de la ducha chocando contra el suelo. Abrió los ojos y se encontró tirado, debajo de un chorro de agua fría que le caía directo a la cara. Se sintió completamente solo, sin poder echarle la culpa a nadie más que a él mismo. Por primera vez, supo que el único involucrado en su desgracia era él.

Nicolás se recompuso, se curó la herida de la frente mirándose al espejo, se puso algo de ropa y salió de la pensión. Caminó hasta la avenida Benavides, entró un rato a dar vueltas por el parque Reducto a ver los monumentos antiguos y polvorientos y se acordó nuevamente de la tumba de su padre. Se preguntó en qué estado se mantendría aquella lápida y qué tanto se habría descompuesto el cuerpo de don Aurelio ahí dentro.

Salió del parque y tomó un taxi en dirección al cementerio.

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