"La despedida", último capítulo de La escala de colores entre el cielo y el infierno’, de Juan José Roca Rey. (Ilustrado por Mechaín).
"La despedida", último capítulo de La escala de colores entre el cielo y el infierno’, de Juan José Roca Rey. (Ilustrado por Mechaín).

La despedida

Por Juan José Roca Rey

Nicolás se levantó de la cama, se dio un baño caliente y se vistió elegantemente. El pecho le dolía y el estómago le daba vueltas. Se miró al espejo ansioso y falsamente intentó sonreír. Salió de la pensión, cogió un taxi y, al no querer aguantar una hora de misa viendo cómo se casaba Linda, se dirigió directamente a La Planicie de La Molina, donde se llevaría a cabo la recepción. En el bolsillo llevaba un pasaje a Oxapampa, que había comprado la noche anterior. Ya no quedaba más para hacer en Lima que ir a despedirse de la mujer de su vida.

Cuando llegó, había mucha gente en la puerta que parecía importante. Francisco, el ahora esposo de Linda, era un tipo de mucho dinero y se manejaba en un círculo distinto al de Nicolás. La casa tenía una entrada muy elegante con una pileta al centro, había un grupo grande de choferes y seguridades en un rincón y mayordomos con fuentes de champagne atendiendo a los invitados y haciéndolos pasar directamente al jardín del fondo.

Nicolás caminó hacia la barra, aún nadie se servía nada. Todos esperaban a que lleguen los recién casados de la iglesia para empezar con la celebración.

– ¿Tiene algo de alcohol? –preguntó al mayordomo.

– ¿Desea whisky?

– Lo que salga más rápido y en mayor cantidad.

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Le sirvieron un vaso de whisky con unos pocos hielos y luego otro más, antes de que estos pudiesen derretirse.

Por fin llegaron los recién casados, las personas se pararon a aplaudir, bailaron repetidas veces con algunos de los ahí presentes y luego empezaron a caminar saludando, uno por uno, a sus invitados. A Nicolás le comenzó a temblar los dedos, chocando los hielos con los bordes del vaso, a medida que Linda se acercaba en ese vestido blanco y esos ojos negros. Le dolía verla sonreír con aquel anillo en el dedo, abrazando a Francisco, pero se había preparado para lo peor. Don Aurelio se había encargado de enseñarle en más de una oportunidad lo que era sentir la muerte en vida.

– ¡Nico! –gritó Linda emocionada–. ¡Qué sorpresa! –corrió para abrazarlo.

– Estás preciosa –respondió este.

Nicolás se tragó las mil palabras que quería escupirle en ese momento y saludó educadamente a Francisco.

– ¿Te molesta si bailo una con Nicolás? –preguntó Linda.

– Vayan y, de paso, iré a saludar al ministro –respondió Francisco.

Nicolás siguió a Linda mientras esta le jalaba de la mano hacia el centro de la pista de baile.

– Pensé que seguirías molesta –dijo Nicolás.

– Creo que ya tuvimos suficiente drama –respondió Linda riendo.

– Tienes razón.

Sus manos se tocaban, Linda daba vueltas, Nicolás la miraba. Luego se juntaban nuevamente y él le abrazaba de la cintura.

– Hoy parto hacia Oxapampa –dijo Nicolás.

Linda lo miró por unos segundos en silencio.

– ¿Para siempre? –preguntó.

– Supongo. No tengo nada más que hacer en Lima.

Se separaron nuevamente y se cogieron de las manos. Linda dio otra vuelta y volvió a acercarse a Nicolás.

– Bueno, si así eres feliz –dijo Linda.

– Tú sabes la única manera en la que podría ser feliz.

– No comiences, Nico –lo paró Linda–. Ahora estoy casada.

Nicolás sonrió.

– Felicitaciones, Linda –dijo este.

Linda le sonrió.

– Que seas muy feliz –continuó Nicolás abrazándola por última vez.

Ambos cerraron los ojos y recordaron el día en que se conocieron, cuando iban a pescar, su ir y venir de relaciones, su primera vez, su última vez, y toda la vida que habían compartido. Linda se separó en esta oportunidad, pero no volvió a dar la vuelta. Sus manos seguían agarradas, Nicolás no quería soltarla. Ambos extendieron los brazos para no dejarse ir, hasta que sus dedos se rozaron por última vez.

Nicolás salió de la recepción y fue caminando a pedir un taxi. Dejó pasar a los dos primeros, mirando su boleto a Oxapampa. Eran las siete de la noche y el bus salía en una hora, tiempo que le cuadraba perfecto para poder llegar y abordar. Había calculado que los taxis pasaban, aproximadamente, cada diez minutos, por lo que dejó pasar otro más. Luego miró a la entrada de La Planicie e imaginó a Linda corriendo en su vestido blanco, pidiéndole que no se vaya, pero eso ya no pasaría. Esperó unos minutos más y dejó pasar el siguiente taxi, solo le quedaban cuarenta minutos para poder llegar a la estación de buses.

A los diez minutos, vio que se acercaba ese último taxi que podría sacarlo de Lima, de su rutina diaria, de la vida miserable que llevaba, de ese círculo vicioso de caídas, de la escala de colores entre el cielo y el infierno en la que se había acostumbrado a vivir. Lo miró con detenimiento. Pensó en Linda, en sus ojos negros, en Oxapampa, Mari y la nueva vida que le esperaba.

Levantó la mano y el taxi se detuvo.