Redacción PERÚ21

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Alvvays ya había dejado el escenario y esperábamos a Tame Impala. Eran casi las diez y media de la noche. Hombres en batas blancas —como garantizando una exactitud científica— se movían sobre el escenario teñido de verde.

De un momento a otro el público se condensó en una sola masa luego de que una ruidosa alarma nos advirtiera que faltaba poco para que empiece el concierto. El aire se llenó de corrientes sonoras y la respuesta fue una avalancha de gritos y aplausos mientras la banda ingresaba lentamente, cada uno tomando posesión de su instrumento.

Es difícil describir qué es lo que Kevin Parker hace con la música, pero intentaré aproximarme a un concepto familiar: lo que estábamos viendo no era solo una banda tocando, era una orquesta que respondía a las órdenes de su director, quien estaba atento a cada fluctuación, a cada detalle.

Lo que vimos eran personas trabajando. Disfrutando cada momento de lo que hacían, sí. Pero no quedaba duda de que cada uno de los miembros de la banda servía un propósito: no solamente producir la música que queríamos escuchar, sino también la que necesitábamos esa noche en particular.

Ver a Parker sobre el escenario era presenciar un espectáculo que bordeaba lo imposible. Lo que este desgarbado australiano había hecho con los sonidos, con cada nuevo ritmo, le habían servido para transformar su entorno, convirtiendo cada mínimo estímulo en una pieza clásica que se destrozaba ante la hirviente psicodelia que la banda destilaba.

Si Tame Impala demostró algo, tanto en este concierto como con el lanzamiento de su último disco, es que la psicodelia (la lluvia ácida y colorida que te derrite al tacto) no le viene por ningún tipo de droga sino directamente de una cabeza atormentada de un hombre solitario que pasa el tiempo experimentando, viendo dónde trazar la línea de sus límites para luego cruzarla.

No sé cuántos eran conscientes de esto durante la hora y media que duró el concierto, pero cada frase tejida por Kevin Parker en sus canciones es siempre una historia que sale mal, un viaje incompleto hacia la redención (o al menos a descubrir una mejor versión de uno mismo). Muerte, separación, soledad, mentiras y un corazón roto empalmaban perfectamente con las frecuencias bajas que retumbaban el piso bajo nuestros pies y los atolondrados golpes de las notas retardadas por los efectos en sus pedaleras construían emociones que se evaporaban en una simulada eterna sucesión.

Desde la tan coreable The Less I Know The Better hasta la primigenia Alter Ego, Parker no dejaba de decirnos cuál era el nombre de la canción que nos presentaba y tampoco ocultaba su sorpresa al escuchar como la audiencia, amontonada y precisa (pero no abundante), respondía a lo que él entregaba.

"Es gracias a ustedes que podemos ver el mundo", dijo repentinamente de una manera tan plana y sencilla que no podías sino creer en esa gratitud. Pero lo cierto es que es gracias a Kevin Parker que nosotros podemos navegar entre tantas emociones sin ahogarnos.

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