‘Tanta vida yo te di’ es el nuevo libro de Fernando Ampuero.
‘Tanta vida yo te di’ es el nuevo libro de Fernando Ampuero.

Tengo setenta y dos años al momento de escribir esta nota y lo que hoy puedo decir sobre Lima, en tanto territorio de mi infancia y juventud, se reduce a un manojo de recuerdos vívidos y una que otra postal amarillenta. Aquella Lima, ciudad enclavada en un florido valle y que Sebastián Salazar Bondy definió como «una tregua en el desierto», ya no existe; el desierto ha desaparecido del entorno, tras dar cobijo a las sucesivas olas de migrantes del interior. Y en cuanto a su paisaje de antaño, pleno de «acequias rumorosas», ha sido también desfigurado por el incremento de barrios de una gran clase media, cada día más dominante. Cuando yo nací, en 1949, la población no llegaba al millón de habitantes —en 2021 tiene alrededor de diez millones—, y la impresión que retengo de esos días es la de haber vivido en una ciudad pequeña y simpática, que atesoraba su raigambre virreinal y exhibía con orgullo una lenta pujanza de renovación: el Hotel Bolívar, el jirón de la Unión, el Paseo Colón, o bien los cinemas, los tranvías, las tiendas elegantes, las heladerías de moda; la moderna escalera mecánica de las Galerías Boza, la única de entonces, era la gloria.

Había, por supuesto, otros escenarios prósperos, lejos del centro de la ciudad: la avenida Salaverry, con sus palacetes cuya vida espléndida ha descrito para siempre Bryce Echenique en Un mundo para Julius, y que conducía hacia los distritos de San Isidro y Orrantia del Mar, así como la avenida Arequipa llevaba al sosiego de Miraflores, Barranco y Chorrillos, o la avenida Brasil, a Magdalena del Mar. La ciudad abandonaba la vera del río Rímac y, como si buscara paz, se extendía a la costa. El viaje que más me gustaba, sin duda, era el que se hacía en tranvía y nos trasladaba a La Punta, encantador balneario vecino al puerto del Callao. Uno atravesaba enormes llanuras salpicadas de pastizales, y solo veía, en las cercanías de las avenidas Colonial o Argentina, sauces solitarios, establos de vacas, o bien unas pocas fábricas dispersas que en toda urbe surgen en la periferia. No asomaban aún las unidades vecinales ni más lejos, en el desierto, se establecían las barriadas, término peyorativo que durante el gobierno militar de Velasco Alvarado fue cambiado por el de pueblo joven.

Vista con indulgencia, la pobreza rondaba en menores proporciones, pero se disimulaba, tal como Julio Ramón Ribeyro nos lo refirió en varios de sus cuentos; y si esto no se podía, los limeños, derrotados, zozobraban en los tugurios. Así las cosas, Salazar Bondy tomó la posta: se lanzó a husmear en los zaguanes de varias casonas en ruinas a fin de desnudar lo que muchos no querían ver, a la vez que fustigaba la mentalidad limeña emanada de su herencia colonial, y señalaba como subsidiario de esta a Ricardo Palma, cuyas tradiciones la ensalzaban. Acto seguido, escribió un ensayo en tono de diatriba, desmitificando la capital del Perú como tierra modélica y promisoria, y, para que no quedaran dudas, le puso por título el perentorio denuesto del poeta César Moro: Lima la horrible (1964).

Bueno, no era tan horrible, en verdad, pero pronto lo sería. Lima mantenía todavía una magia secreta: la noche.


La noche de Lima, o al menos la que yo conocí a mediados de los años sesenta, era ideal para cualquier ceremonia de transgresión, habida cuenta de que la ciudad diurna era formal, conformista, mojigata (la gente, educada y circunspecta, vestía a diario saco y corbata, y no se perdía la misa del domingo); o era, si se quiere, la opción más entusiasta para vivir a contracorriente de las convenciones y disfrutar abiertamente de una bohemia satisfecha de sí misma. Chicos y chicas, con ojeras y caras de sueño, paseaban por las calles, donde todo quedaba cerca: los cafés y los bares, los teatros y los cines, las boîtes y los billares, e incluso las universidades —San Marcos y la Católica se encontraban a seis cuadras de distancia—, y, en ese tráfago urbano, se confundían con otras tribus de noctámbulos: trovadores, poetas, artistas plásticos, así como el elenco estable de conspiradores, estriptiseras, borrachos y locos sueltos.

(Incidentalmente, la palabra bohemia la descubrí a mis siete años, cuando oí por la radio a un virtuoso de la guitarra clásica y pregunté a mi madre si podía conseguirme ese instrumento y un profesor que me diera clases. Dos tías fueron testigos de tal afán. Mirándome preocupadas, ellas no tardaron un instante en dar consejos a mi madre: «Aleja la guitarra de este niño», le cuchicheó la más adusta. «Después se volverá un bohemio». Mi madre se llevó un susto y, en definitiva, nunca toqué guitarra).

Por aquella época dicha palabra cumplía en el mundo cien años de francachelas; como primera acepción, evocaba las penurias gitanas, al igual que su alegre vida desordenada, aludiendo a la región de Bohemia, en el país checo; como fenómeno sociológico, protagonizado por escritores y diletantes, describía un estilo insumiso que había irrumpido en París a mitad del siglo XIX, y que recibiría carta de ciudadanía tan pronto apareció Escenas de la vida bohemia (1849), obra autobiográfica del parisino Henry Murger, autor consagrado con un busto que se puede ver en el Jardín de Luxemburgo. Los bohemios privilegiaban la cultura antes que cualquier otro menester. Prototipos de aquella conducta fueron Baudelaire, Gautier, Musset, Verlaine y Rimbaud. Y más tarde recalaron otros dueños de la noche: los pintores Toulouse-Lautrec y Amedeo Modigliani.

El primer bohemio que conocí fue Martín Adán. Era un viejo poeta de quien se decía que entraba y salía de manicomios, y que, por lo general, componía versos herméticos y de profundidad filosófica. Enfundado en un roñoso terno oscuro y tocado de sombrero borsalino, solía deambular por las calles del centro con aire distraído. Una tarde, justamente en la esquina de Quilca y Amargura, se detuvo a hojear un libro. Yo iba en compañía de tres estudiantes de la Católica, y uno de ellos lo reconoció y saludó con veneración, disculpándose por interrumpir sus pensamientos y dándole el trato de «gran poeta peruano». Martín Adán miró hacia Quilca, donde al final de la calle un sol rojizo se hundía en el horizonte, y dijo:

—¿Ven ustedes el crepúsculo allá a lo lejos?... Eso es lo que más se me parece. —Y, llevándose una mano al ala del sombrero, se marchó.

Ya entonces corría la leyenda de que Martín Adán y el poeta beatnik Allen Ginsberg se habían reunido en el bar Cordano. La tribu beatnik, a criterio de las nuevas hornadas de escritores, parecía obrar como una actualización del vitalismo desbordado y la marginalidad; traía, de hecho, una bohemia que incluía bluyín, autoestop y desesperación.

El espíritu beatnik influyó mucho entre los poetas de los setenta, entre ellos Enrique Verástegui, que después de publicar su excelente En los extramuros del mundo terminó igualmente visitando manicomios. La poesía de Verástegui, junto con la de Watanabe y Sánchez León, mantiene su frescura y trascendencia, y destaca entre las mejores de su generación.

Verástegui, eso sí, no era el único en padecer trastornos. Se hablaba igualmente de otro joven poeta, Guillermo Chirinos Cúneo, cultor del desenfreno y perteneciente a una generación anterior. Su único libro, Idiota del Apocalipsis (1967), había impresionado por sus ecos del Conde de Lautréamont y, sobre todo, por el tempestuoso carácter monomaníaco del autor. El poeta Rodolfo Hinostroza, que lo conoció, dio cuenta de un suceso que ya anunciaba su perturbación. Sobre ello, Hinostroza escribió: «César Calvo y Juan Gonzalo Rose, para bajarle los humos a Guillermo, que se sentía un genio, le habían dicho que había un joven poeta mejor que él, que ya iba a regresar de Cuba para destronarlo», y mencionaron los poemas de Consejero del lobo (La Habana, 1964). De modo que, cuando Hinostroza llegó al Perú, Guillermo, celoso de su rival, lo buscó. «Y subió a mi piso, y en lugar de sentarse en la silla que le ofrecí, comenzó a dar vueltas por la habitación, husmeándolo todo, como un sabueso, sin decirme nada. De pronto vio mi máquina de escribir dispuesta sobre la mesita y me preguntó: “¿Con esta máquina escribes tus poemas?”, y como yo le respondiera afirmativamente, se acercó a ella, y antes de que yo tuviera tiempo de reaccionar, la levantó con las dos manos por encima de su cabeza y, con una mirada de loco, la estrelló contra el suelo».


La nocturnidad de esta bohemia, al igual que la de sus insignes antecesores, pretendía llegar a los límites de la cordura. Pero la mayoría se andaba con cuidado: una cosa era acercarse a la locura y otra quedarse en ella. Lo provechoso, desde luego, era huir de los guiños de Antonin Artaud y buscar más bien un desarreglo divertido, vecino a la irreverencia y el escándalo. A ese respecto, en nuestras concurridas charlas de café, el fantasma de Abraham Valdelomar se desdoblaba y presidía todas las mesas. Sin tan ilustre escritor, que para mayor gloria murió en una eterna juventud, habríamos estado desamparados. Valdelomar, el ingenioso decadente del Palais Concert o el disoluto de los fumaderos de opio, era la antorcha que guiaba nuestros desvelados sueños en las tinieblas.

He oído en esas charlas pilas de anécdotas sobre los poetas del grupo Colónida, o bien del gran César Vallejo y José Carlos Mariátegui, pero también de otros vates que Valdelomar admiraba, como José María Eguren; todos tenían velas encendidas en las mesas de los cafés. ¿Y qué cafés eran estos? Digamos que había para todos los gustos y bolsillos.

Los cafés de mis primeras incursiones fueron de un sofisticado estilo europeo: el Versalles, que quedaba en el portal izquierdo de la plaza San Martín, y el Tívoli, en La Colmena, avenida con pretensiones de bulevar parisino, en las inmediaciones del Grill Bolívar. Sentado a sus mesas, tuve noticias de la «poesía pura» (Jorge Eduardo Eielson, Javier Sologuren) y la «poesía social» (Alejandro Romualdo, Washington Delgado), dos vetas divergentes e igualmente admiradas en nuestra lírica de los cincuenta.

La Colmena, por cierto, la conocía de toda la vida. Yo había estudiado en el colegio La Inmaculada, a una cuadra del Mario, café y trattoria que fue el primer local de la ciudad que puso un televisor en su salón, y adonde íbamos a curiosear los alumnos, todos rigurosamente de saco y corbata; el Tívoli, local con grandes ventanales, manteles a cuadros y triangulares ceniceros Cinzano, quedaba un poco más allá.

Luego, movido por el azar, la noche me arrastraba de café en café, o de sótano en sótano, o de antro en antro. El café Dominó, donde veías en las paredes dibujos de Sérvulo Gutiérrez, era frecuentado por pintores, lo mismo que el Viena, sito en Ocoña; el Zela, café y bar, tenía como habitués a José María Arguedas y al arpista Pelayo Vallejo; el América y el Bransa reunían a músicos y actores; y el café Edén, al lado del Teatro Segura, a toreros y cantantes de zarzuelas. En cuanto a las cantinas, las más concurridas eran el Múnich, el Palermo y el Queirolo; y las más cutres, el Wony, un chifita alicaído, y La Llegada, antro de borrachos y juerguistas. Por contraste, el lugar más elegante era el bar del Hotel Bolívar, famoso por su pisco sour catedral; más tarde, aquel cálido local, colmado de maderas, bronces y cueros, fue destruido para dar paso a un McDonald’s.

Los bares y los cafés, a diferencia de la universidad, prometían un circuito paralelo donde se hablaba de ¡libros imprescindibles!, que, si no habías leído, merecías el desprecio. Lectores apasionados de Cumbres borrascosas o Viaje al fin de la noche dictaban cátedra y, al día siguiente, todos buscaban esas novelas y las devoraban; semanas después estabas apto para opinar y discutir. Y no había pausa: proliferaban los retos. Recuerdo a un esnob que se negaba a hablar con todo aquel que no hubiera leído a Joyce y Proust. Recogido el guante, descubrí entonces un libro genial, Dublineses, y también el Ulises, que leí salteándome las partes tediosas. Proust, en cambio, dejó a varios fuera de combate; a mí, lector tenaz, me bastó alcanzar hasta el tercero de los siete tomos de En busca del tiempo perdido, novela sabia y morosa, con más de tres mil páginas, donde conseguí sumirme en el goce de la belleza verbal y los largos bostezos.

(¡Que los cultores de Proust perdonen el sacrilegio!, pero vaya en mi descargo que, en aquella orgía lectora, yo ya disfrutaba las obras diáfanas de Stevenson, Hemingway y Scott Fitzgerald, y, sobre todo, las sombrías y trepidantes novelas negras: McCoy, Cain, Hammett y Chandler).

A esas alturas, naturalmente, conocí a escritores peruanos, tanto de Lima como de provincias. No a todos, claro; a muchos los conocí de oídas, y a otros los vi de lejos. Tomó un tiempo —ya con el pelo largo y la facha desaliñada— cruzar palabras con Julio Ortega, Antonio Cisneros, Luis Hernández y Mirko Lauer, entre otros; y luego, al salir de viaje, visitar a quienes vivían en Europa, con bohemia o sin ella, siguiendo los pasos de Vallejo y de los novelistas americanos de la generación perdida. Vargas Llosa, se decía, era un confeso antibohemio; dosificaba al máximo el rito de irse de copas. Bryce, un bohemio militante. Ribeyro, un bohemio con descanso médico. Mientras tanto, en nuestra aldea, la experiencia foránea daba lustre. Ese criterio, aunado a otro sobre «la ventaja de la distancia para escribir sobre tu país», generó una polémica entre Julio Cortázar y José María Arguedas, que abatió al peruano y, según algunos, contribuyó a su suicidio.

La crónica continúa en el libro. Tanta vida yo te di lo espera.

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