Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa se admiraron por años durante la década de 1960, pero solo en 1967 se conocieron en persona en el aeropuerto de Caracas, Venezuela. Nueve años después la enemistad llegó con la misma intensidad que la amistad.
Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa se admiraron por años durante la década de 1960, pero solo en 1967 se conocieron en persona en el aeropuerto de Caracas, Venezuela. Nueve años después la enemistad llegó con la misma intensidad que la amistad.

Esa noche cayó jueves y era el estreno del documental “Los odisea de los Andes”, del chileno Álvaro J. Covacevich, en Ciudad de México. Ese 12 de febrero de 1976, hace exactamente 45 años, nadie podía presagiar que la noticia al día siguiente no sería sobre el excelente trabajo audiovisual en torno a la tragedia de los deportistas uruguayos, cuyo avión cayó en los Andes chilenos en octubre de 1972, sino el encontronazo del escritor peruano con su colega colombiano , quienes hasta ese momento eran amigos y los escritores más relevantes del.

estaban en ese estreno, así como otros escritores y periodistas amigos, porque el guion de la película lo había hecho Mario, ya famoso por sus tres primeras novelas: La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1966) y Conversación en La Catedral (1969), y en ese momento afinaba los detalles de su próxima novela, La tía Julia y el escribidor (1977). Estaba en uno de sus mejores momentos creativos

En el hall de la sala de exhibición, estaba el autor de Cien años de soledad (1967) departiendo al lado de su esposa Mercedes Barcha, cuando ingresó el peruano y, sin mediar palabra más que la de “¡traidor!”, le dio tal derechazo entre el ojo y la nariz al colombiano que este cayó de bruces al piso, ensangrentado y semiinconsciente.

Lima, 8 de setiembre de 1967. 

Escritor colombiano Gabriel García Márquez durante una recepción en la casa del arquitecto Santiago Agurto. Al fondo, se aprecia al novelista peruano Mario Vargas Llosa. La amistad personal recién empezaba.

Foto: GEC Archivo Histórico.
Lima, 8 de setiembre de 1967. Escritor colombiano Gabriel García Márquez durante una recepción en la casa del arquitecto Santiago Agurto. Al fondo, se aprecia al novelista peruano Mario Vargas Llosa. La amistad personal recién empezaba. Foto: GEC Archivo Histórico.

Incluso en una escena tan evidente y pública como esta, las versiones se contradijeron. Para algunos, el escritor peruano le gritó luego del golpe a su colega caído: “¡Esto fue por lo que le dijiste a Patricia en Barcelona!”; mientras otros testigos afirmaron que no dijo “dijiste” sino “hiciste”, provocando una seria variopinta de interpretaciones.

La noticia en los medios mexicanos fue rotunda y más escandalosa de lo que hubieran querido ambos creadores literarios. Ocasionalmente, llegó a ese estreno del documental con guion de Vargas Llosa, el periodista peruano y fundador de la revista “Oiga”, Francisco Igartua, quien se convirtió sin quererlo en testigo ocular de los hechos. Algunos años después, Igartua publicaría su versión de los hechos en su libro de memorias Huellas de un destierro (1998).

LO QUE PASÓ DESPUÉS DEL GOLPE

El periodista de “Oiga” recordó que al llegar tarde a la función, solo pudo ver a la escritora mexicana Elena Poniatowska y alguien más atendiendo en una banca, fuera del local, a un Gabriel García Márquez golpeado por alguien; al ingresar al hall, aun con la imagen de Gabo herido, descubrió a su amigo Vargas Llosa aun asombrado por lo que acababa de hacer. A Igartua no le quedaba dudas de lo que había ocurrido entre ambos escritores.

Pero me animé a avanzar y saludé con un corto abrazo a Mario, que estaba hierático, y al darle la mano a Wong éste me jaló suavemente y me dijo al oído: “Hace dos minutos ha estado tendido en el suelo que está usted pisando Gabriel García Márquez...Mario le dio un solo golpe y lo noqueó, diciéndole: ‘Esto es por lo que hiciste a Patricia en Barcelona’”, contó Igartua.

Según el periodista-testigo, a García Márquez le bajaron la hinchazón del ojo con un trozo de bistec, que compraron en una carnicería cerca de la sala de exhibición. Igartua pensaba entonces que la reacción de Vargas Llosa iba más en relación a la posición política e ideológica de García Márquez, muy apegado al castrismo cubano, al punto de negarse a firmar cartas de protestas por el caso del poeta Heberto Padilla, quien fue obligado a retractarse de su posición crítica (en el mismo estilo soviético con sus escritores disidentes). Para Vargas Llosa era inaceptable defender un régimen con claras señales dictatoriales y eso no se lo perdonaría a Gabo.

Dos días después del grave incidente con Vargas Llosa, el narrador de Macondo se hizo fotografiar para dejar constancia de la agresión. Fue al estudio fotográfico de Rodrigo Moya quien lo inmortalizó con el ojo aun morado. (Foto: Rodrigo Moya)
Dos días después del grave incidente con Vargas Llosa, el narrador de Macondo se hizo fotografiar para dejar constancia de la agresión. Fue al estudio fotográfico de Rodrigo Moya quien lo inmortalizó con el ojo aun morado. (Foto: Rodrigo Moya)

Entonces, se decía Igartua, a raíz de un malentendido doméstico, que involucraba a Patricia Llosa, la esposa de Mario, el asunto se sobrepasó a esos niveles pugilísticos, resultando una escena bochornosa para los propios protagonistas y sus amigos.

Cuando el escritor colombiano cumplió 80 años, en el 2007, el diario mexicano “La Jornada” publicó en portada una fotografía del Nobel colombiano, tomada dos días después del choque con su colega de las letras. En esa imagen, Gabo lucía aún el ojo izquierdo morado. Él mismo sostendría que se hizo la foto como prueba de la inusual agresión que vivió aquella noche mexicana.

Con esa primicia literaria, “La Jornada” fue noticia mundial. Y el tema de alguna forma volvió a ser discutido y comentado. El fotógrafo mexicano, de origen colombiano, Rodrigo Moya registró ese momento a pedido del propio narrador de Aracataca. Según Moya, la imagen se tomó el 14 de febrero de 1976, en su casa de la colonia Nápoles, en Ciudad de México. Solo habían pasado dos días del nocaut.

Moya dejó un testimonio de cómo percibía el asunto el agraviado Gabo. Recordó que al preguntarle al escritor qué le había pasado, este fue evasivo y explicó que la agresión fue por diferencias insalvables con Vargas Llosa. , quien lo acompañaba cuando le hicieron la foto, contó -según Moya- que su marido solo alzó los brazos y apenas dijo: “¡Mario!” (otros testigos indicaron que dijo: “¡Hermano!”), aquel lo recibió “con un golpe seco que lo tiró sobre la alfombra con el rostro bañado en sangre”, explicó Moya en “La Jornada” al recordar el relato de Mercedes.

No hay duda de que una reacción tan violenta como la reseñada por varias personas solo se puede entender en el contexto de una ofensa grave. Una cuestión que ninguno de los protagonistas ha querido comentar ni seguramente lo hará. Por eso todo lo que se diga al respecto no pasará de la mera especulación.

El biógrafo de García Márquez (y también de Vargas Llosa), el tiene autoridad para decir algo al respecto, tras investigar durante 17 años la vida del gran escritor colombiano. En octubre del 2009, cuando salió en librerías Cien años de soledad. Gabriel García Márquez. Una vida, su contundente biografía del colombiano, Martin aseguraba que después de ese incidente, “nada volvería a ser lo mismo, sin excepción en la relación entre García Márquez y Vargas Llosa, que a su debido tiempo resultaría la más violenta y acalorada de todas las pérdidas de este drama político”.

Martin recordaba que, efectivamente, cuando apareció en diciembre de 1971 el libro de crítica que Vargas Llosa dedicó a la obra de su amigo Gabo: García Márquez: Historia de un deicidio, ya empezaba el alejamiento entre ambos y este se aceleró en los años siguientes, hasta llegar a su punto final esa noche de 12 de febrero de 1976.

Desde los turbulentos años 60, ambos escritores se habían entendido y habían coincidido en la defensa de la primera etapa de la revolución cubana, triunfante en 1959. Desde que se conocieron personalmente en 1967, en el aeropuerto de Caracas (los dos iban a la ceremonia del Premio Rómulo Gallegos, que obtuvo el peruano por La casa verde), hasta ese febrero de 1976, su amistad había sido intensa, cercana, podía decirse incluso fraternal; pero luego pasó a ser nada.

Bien se dice que a amistades intensas, rompimientos intensos. Al final de cuentas, esa ha sido una constante en la historia de la literatura mundial.

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