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Roberto Lerner,Espacio de crianza

Los chimpancés están organizados jerárquicamente. Quienes tienen categoría alfa hacen lo que quieren, hasta que surge el nuevo mandamás en una nueva generación: mientras tanto, comen más y se reproducen más, entre otras ventajas de un poder cuasi absoluto.

Si acaso algún atrevido quiere probar suerte, la cosa se resuelve cuerpo a cuerpo. Fuerza, agresividad, rapidez son determinantes. Nuestros ancestros, seguramente a partir de haber liberado las extremidades superiores al andar en dos pies y la práctica de coordinar ojos y manos, se dieron cuenta de que podían lanzar objetos con bastante exactitud. Proyectiles contundentes cambiaron la lógica del poder.

Una alianza de machos débiles podía sacar de juego o neutralizar a los fortachones desde una distancia segura.

Lo anterior produjo dos resultados inesperados: la jerarquía comenzó a depender también de la habilidad para llegar a acuerdos, detectar intenciones, colaborar y respetar reglas. Al mismo tiempo, los que estaban en la cúpula debieron hacer concesiones y reducir el nivel de abuso y arbitrariedad.

La palabra terminó de hacer el cambio. El poder descansó cada vez más en la capacidad de convencer y crear relatos convergentes, además de la fuerza. Cuando esa palabra pudo ser escrita y, más adelante, difundida a través de la imprenta, el control democrático del poder en todas sus versiones fue inevitable.

Hoy, en el mundo virtual e interactivo, con la interconectividad ubicua, llegar a otros, impactarlos y, también, hacerles daño, es más fácil que nunca, para bien y para mal. Seguimos inventando nuevas versiones de proyectiles.