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Roberto Lerner,Espacio de crianza

Usain y Ezequiel están en tercero de primaria. Son niños muy distintos. El primero es alto, macizo, fuerte. Es extrovertido, decidido y algo histriónico. Prefiere los esfuerzos concentrados e intensos. El segundo es frágil, delgado aunque flexible. Es cauteloso, tímido, pausado y calculador.

Sus profesores advierten algunas limitaciones. Los psicólogos las confirman mediante evaluaciones. Cuando los padres son citados para hablar sobre los desempeños de sus críos, escuchan acerca de los problemas que ambos evidencian. El tutor les dice que a Usain le cuestan los emprendimientos sostenidos, que es demasiado intenso y no planifica. A Ezequiel le es difícil responder inmediatamente a un reto, actuar con rapidez, siendo demasiado pausado.

Se recomienda sendas terapias, tanto en el campo de la motricidad como de las habilidades sociales. Los padres dudan. Son buenos chicos, cada uno con su estilo y muy buenos para ciertas cosas, pero, bueno, todo sea por un futuro de éxito y superación.

Un equipo de excelentes profesionales toman a su cargo a los chicos y trabajan con dedicación y cariño para que Usain sea más reflexivo y aprenda a gestionar sus esfuerzos en el largo plazo; y para que Ezequiel sea más espontáneo y concentre mejor sus energías en lo puntual e inmediato. Y, la verdad, cada uno de ellos mejora en esos aspectos para alegría de sus maestros y padres.

Solo una cosa, un pequeño detalle. Al poner en el radar la remediación de sus debilidades, ni Usain Bolt ni Ezequiel Kemboi ganaron las medallas de oro en aquello que constituía sus extraordinarias fortalezas, el primero en 100 metros y el segundo en 3,000.