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Mauricio Mulder,Pido la palabraCongresista

La llamada "acta de sujeción" no era una lista de asistencia. En su contenido está, en forma clara e indubitable, la declaración de principios del golpe de Estado de abril de 1992 y la responsabilidad directa de sus perpetradores. Los que firmaron el documento recibieron la orden de hacerlo. Oponerse, obviamente, era someterse a las represiones a las que los golpistas que gobernaban el país estaban acostumbrados. No todos estaban preparados a dar el salto. Algunos sí, como los valientes militares del 13 de noviembre que encabezó el general Salinas Sedó, quienes sufrieron cárcel y escarnio, pero que nuclearon en sí mismos la dignidad de su institución. Parafraseando a Dios ante Job: Si hay al menos un hombre justo, salvaré la ciudad…

Ese documento y su firma masiva deben ser vistos desde dos ángulos pertinentes. El primero es que los militares más jóvenes recuerden cómo ese gobierno golpista humillaba a la Fuerza Armada obligando a sus integrantes a sujetarse al libreto de la dictadura. Porque hoy que, en privado, muchos uniformados se quejan, vale la pena comparar con ese acto los motivos de sus descontentos. La democracia no habrá resuelto sus anhelados y justos reclamos de fortalecimiento institucional, pero no llega a esos extremos de avasallamiento degradante ni a obligarlos a rendirles pleitesía a personas impresentables. Que recuerden incluso los que añoran esos años que hoy, además, han sido reivindicados como ciudadanos con derecho a voto, lo que no ha minado su disciplina ni unidad, como algunos anunciaban.

Lo segundo es que es verdad que no cometieron delito alguno. Pero, cuando se convierten en políticos o en actores directos del Estado, allí cobra fuerza la tesis de exhibir pergaminos democráticos. Porque el tema de los golpes de Estado en el Perú no es baladí, y su fantasma ronda aún nuestra endeble democracia. Si uno se pone a ver, de los casi 192 años de vida republicana, no más de 40, a grosso modo, han sido democracias de Estado de derecho en nuestro país. El resto ha sido puro autoritarismo militarista, incluidos los civiles que usaban a las fuerzas del orden como su guardia personal. Y si consideramos que, de acuerdo con las encuestas, somos en América Latina el país menos apegado a la democracia, sería una ingenuidad decir que nunca más habrá un golpe en el Perú. Ese sino peruano que ya Bolívar denostaba en su famosa Carta de Jamaica de 1815 sigue perdurando sobre nuestras cabezas a lo largo de 15 generaciones y seguimos para adelante.

Por eso es importante exigir compromisos firmes con la democracia, aunque sea igualmente simbólico, porque los peruanos dubitativos deben ver que los demócratas convencidos no son blandos ni permisivos con reyezuelos, dictadorzuelos o mandoncitos.

Hay quienes creen que con la dictadura viene el orden y que la democracia es pachanga. Es verdad que muchas veces sentimos que esa sensación tiene causas que la justifiquen. He visto a serviles y genuflexos sobones de dictaduras volverse gritones y alharaquientos para reclamar cuando hay democracia. Muchos de ellos pululan en medios y son Juana de Arco para defender la libertad de expresión, la misma que cuando fue pisoteada de verdad por la dictadura solo merecía sus cómplices silencios. Pero son los gajes del juego democrático y de la psicología humana que hay que mirar con tolerancia y comprensión. Y, por lo mismo, siquiera una declaración de los firmantes del acta, arrepintiéndose y criticando el golpe, debiera ser requisito para ejercer un cargo en un gobierno democrático. Solo para saber qué terreno estamos pisando.