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Juan José Garrido,La opinión del directordirector@peru21.com

Mientras en Lima la Coordinadora Nacional Pro Familia, de la mano del congresista Julio Rosas, entregaba al Congreso los planillones con el millón de firmas que buscan archivar el proyecto de ley sobre la unión civil, en Idaho (EE.UU.) un juez resolvía a favor de la causa, tachando como inconstitucional una norma que prohibía la unión legal de dos personas del mismo sexo.

Idaho se suma así a la lista de estados norteamericanos que consideran dicho derecho como universal, sin distinción de sexos. El argumento de la jueza Candy Dale es muy sencillo: el matrimonio es una institución que implica un cambio fundamental en la vida de aquellos que lo experimentan y, por lo tanto, tiene un significado personal y espiritual inmenso; las leyes no pueden estigmatizar a gays y lesbianas, ni confinar a sus familias a vivir como ciudadanos de segunda clase sin razón suficiente.

Y es que, desde la lógica desapasionada, no existe razón suficiente. Escuchen y revisen con atención las premisas y construcciones retóricas de quienes se oponen a la propuesta y encontrarán opiniones personales ("yo creo", "me parece"), creencias religiosas ("Dios creó al hombre y la mujer") o argumentos falaces ("no es natural").

Quienes se oponen, como el congresista Rosas, viven también en un clóset, alejados de la realidad y la razón. Los apasionamientos subjetivos, aunque entendibles, son solo eso: arrebatos que responden a una visión personal de las cosas. Nadie tiene por qué asumirse dueño de los destinos de otros, menos aún en lo que significa la identidad personal. Las creencias religiosas siguen una línea similar: incuestionables, herméticas, infalibles… y, por lo tanto, ¡indefendibles! No somos una teocracia, al menos hasta donde tengo conocimiento.

Y sobre los argumentos falaces, como ese de lo "natural", pues ¿qué podemos añadir? Basta con saber que millones de personas disfrutan de sus vidas sexuales y sentimentales para concluir que natural sí es. Que no les guste a algunos es harina de otro costal. O, para estar a tono con el debate, esqueleto de otro clóset.