Estamos acostumbrados a las historias repetidas de forma oral o escrita, es casi inevitable que las versiones vayan cambiando según quién las cuenta: sea por adornarlas con detalles que muchas veces nos alejan del mensaje original; sea porque la memoria, incluso en el plazo más corto no suele ser exacta; porque hay interés en destacar o tergiversar hechos o simplemente porque a los humanos nos es inevitable mentir y crear nuestra propia versión de las cosas.

Rashomon, película de Akira Kurosawa, es tal vez el ejemplo más lúcido de cómo los mismos hechos pueden entenderse de tal manera que sea casi imposible determinar la verdad. Esta historia narra el asesinato de un samurái y la violación de su esposa. El mismo hecho es relatado por la esposa, el asesino, el propio samurái (a través de un médium) y un testigo. Hay dos hechos seguros: la muerte del samurái y la violación. Pero, después de conocer las versiones, es imposible determinar la manera en que se dan los hechos y, por supuesto, conocer quién es culpable.

No sé cuán conscientes somos los peruanos de la forma en que estamos siendo manipulados y afectados por la profusión de historias de quienes tienen interés en cosechar, por ejemplo, de la pérdida de valores y la violencia. ¿Cuántos, por solo haber escuchado versiones de parte, expresan su certeza sobre la culpabilidad de presos sin juicio? ¿Cuántos periodistas aprovechan su poder y, sin escrúpulos, sentencian para influir en jueces y fiscales?

Es cierto que las herramientas son solo un medio; el bien o daño que hagan depende de quién las manipula. Pero, más que dar opiniones sujetas a duda, lo que es posible ver en Twitter está más lejos de presentar que de la plebe enjuiciando y reclamando sangre y tortura en la Edad Media.