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Guido Lombardi,Opina.21glombardi@peru21.com

Muchos nos sentimos orgullosos (supongo que ahora un poco menos) de la ayuda brindada a la Argentina durante la guerra de Las Malvinas, pese a que ese país era gobernado por la más grosera y violenta de las dictaduras de la segunda mitad del siglo XX. El recuerdo viene a colación a raíz del alboroto generado por la cumbre de Unasur y el viaje del presidente Humala a la entronización de Maduro.

Es cierto que la retórica de Maduro, su notoria dependencia de Cuba y la actitud de Cabello en el Congreso son impresentables e incitan a actuar de manera descabellada. Ese régimen fragiliza, sin ningún género de dudas, las aspiraciones democráticas de toda la región.

Pero eso no es razón suficiente para distorsionar el debate político en nuestro país. Tenemos suficientes problemas (indultos irregulares, señales de cambio en el modelo económico, inseguridad, secretismo militar, falta de institucionalidad), como para permitir que el factor venezolano se vuelva un factor de exacerbación.

Hay que leer la entrevista a Henrique Capriles, publicada el lunes en La Nación de Buenos Aires. Aunque reitera las múltiples irregularidades producidas antes y durante el proceso electoral, se muestra prudente y espera los resultados de la auditoría para tomar posición.

Sobre la reunión de presidentes de Unasur, afirma que "fue un triunfo de nuestro pueblo que ahora trata de manchar el gobierno".

No se anticipa, como están haciendo algunos entre nosotros, cuando deberíamos estar pensando en nuestra propia agenda externa.

Acusar al canciller Rafael Roncagliolo en estos momentos, de haber mentido en el Congreso, es un regalo en bandeja de plata a los recalcitrantes de Chile. El asunto requiere cabeza fría y apego a las opciones reales, no a las cóleras ciegas.