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"Querido homosexual del mañana: Te hablo desde un pasado muy, muy lejano. Soy un gay de 47 años que ha vivido la mayor parte de su vida en el Perú. Hoy es 28 de junio del 2015 pero algunas de las cosas que quiero contarte te parecerán de varios siglos de antigüedad". ¿En verdad piensas que te han tocado tiempos difíciles? Piensa de nuevo.

Hace poquito, unos estudiantes curiosos me preguntaron: ¿Cómo hacías para conocer gente cuando no existía Internet? La sapaza pregunta me obligó a recordar que, en mis tiempos, estábamos obligados a ser mucho más lanzas –con–cer, conversar, coquetear, computar prójimo– todo había que hacerlo allá afuera, en la calle, en el mundo real, con toda la aventura y también con todos los riesgos que eso implicaba. Había que ser lanzas pero, a la vez, caletas. Como dice el sabio lema de los comandos: había que ser y no parecer. Mirar sin mirar. Olfatear. Intuir. Adivinar.

Había que ser solapa. O, como se decía entonces, había que ponerse buse. Busse era el apellido de un distinguido matacabros del parque Kennedy en las postrimerías de los 80. Un maceteado hijito de papá que tenía como hobby amanerarse un touch para así lograr infiltrarse en medio de las lúbricas transacciones entre los bulliciosos fletes y su misteriosa clientela. Cuando Busse ya no tenía ninguna duda de que estaba frente a un gay, le saltaba al cuello y le sacaba la mugre, (hasta que una bandada de tracas lo agarró y lo masacró a golpes de taco). El grito de ¡Busse! –que luego degeneró en el muy popular "¡buses, chola!" se convirtió en un código, en una advertencia para situaciones en las que era imperativo mantener, por lo menos, una apariencia de heterosexualidad. Cuando era alcalde de Miraflores, don Alberto Andrade Carmona ordenó tomarles foto a las placas de los carros que levantaban put@s en la noche miraflorina. Fue tal el terror que despertaba la sola posibilidad de que alguien se enterara de que te estabas levantando un pata que la siempre floreciente prostitución masculina del mesocrático distrito, sencillamente, se extinguió, por falta de demanda. Era ese mismo terror atávico el que había garantizado la absoluta impunidad de los peperos. Nadie, absolutamente nadie se atrevía a ir a la comisaría a denunciar que un joven damo de compañía lo había dopado para desvalijarlo. Treinta años atrás en el Perú, nadie estaba fuera del clóset. Todo transcurría entre las sombras. Salvo el legendario Kike Bossio que iba por los pasillos de la de Lima repartiendo Conducta (Im)propia, la revista del Mhol, todos los demás estábamos ocultos y lo mirábamos, desde dentro de los buzones, desde debajo de las piedras, muy asustados. Salvo Coco Marusix, en el Perú nadie era gay. Había que barajarla a cualquier precio porque –igualito que ahora– tu familia, la sociedad, el país todavía no estaban "preparados". Agrégale a eso que la ignorancia general era aún mayor, que al sida lo llamaban "la peste rosa" que era, por supuesto, el castigo divino para los pecaminosos "grupos de riesgo", o sea, las trabajadoras sexuales y nosotros, (que jamás cobramos un mango), éramos impajaritable y bíblicamente tachados de sidosos. Repitiendo esa cantaleta por la tele salían –igualito que ahora– los dinosaurios de siempre aterrorizando a la gente con arder eternamente en el infierno: monseñor Durand, el doctor Giusti La Rosa, el doctor Cantella, entre otros ilustres varones, todos finados. Y, aparte de los libros de dibujo de la figura humana y la National Geographic, las únicas fotos de hombres calatos a las que tenías acceso eran las que publicaba Rafo León en la sección Ob-senos de un periódico de vanguardia. ¿Pornografía? Imposible. Había que encargarla a Europa. Créanme. Era mucho más divertido cuando estaba prohibido.

Sin darnos mucha cuenta, todos éramos blancos móviles. Una vez que habías cumplido con tus respectivas primeras veces, con los ancestrales ritos de iniciación sexual, ya había alguien –o alguienes– más que lo sabían y, desde ese momento, ya te tenían agarrado de las pelotas. Todos éramos, en consecuencia, altamente chantajeables. Como nos habían lavado el cerebro con pulitón hasta convencernos de que "eso" era malo y sucio y pecado, nos desvivíamos por encajar a como diera lugar, por tener noviecitas de pantalla, por disimularlo. Íbamos a las primitivas discotecas de ambiente, todos angustiados, culposos, temiendo encontrarnos con algún amigo, con algún primo al que tendrías que explicarle que, en realidad, estabas acompañando a alguien porque eras muy open o haciendo una avezada tarea para tu curso de técnicas del reportaje. Íbamos listos, predispuestos, mentalizados para que, en cualquier momento, entrara la Policía dando de gritos, encendiera todas las luces y, si la chancha no alcanzaba, nos llevara detenidos a tod@s por 24 horas por delito contra la moral y las buenas costumbres. Como correspondía a lugares de dudosa reputación frecuentados por personas de mal vivir –como uno– los bares gay jamás tenían letrero, ni siquiera puerta a la calle. Pero no te puedo negar que toda esta aura de clandestinidad y prohibición le añadía al asunto un montón de adrenalina. La mayoría de telos –casi todos– se negaban a darle cuarto a una pareja del mismo sexo. Pero, ¿cómo?, ¿qué cosa pasa acá, carajo?, ¿y las hembras? El resultado era que terminabas parapetado, prácticamente, en cualquier parte. Los acantilados de la Costa Verde. Tu cuarto en la casa de tus papás. O de sus papás. La comodoy que te alquilaba por horas el guachimán de un edificio vecino. Un taxi escarabajo con el taxista esperándolos afuera. Nadie dijo que sería fácil. Ahora me cago de la risa pero, en 1999, cuando la prensa chicha del Chino publicó mi foto en portada con titulares del tipo "Barbona de las nalgas calientes era el terror de Maranguita School" durante dos semanas ininterrumpidas –a ritmo de siete primeras planas al día– pensé muy seriamente en matarme. Estoy recontra orgulloso de no haberlo hecho, hubiera sido imperdonable privar al mundo tan tempranamente de mi glamour. Si tú que estás leyendo esto, eres un chico gay o chica léxera y alguna vez te sentiste tan discriminado que te asaltó, como a mí, la tentación de tomar tu Kola Inglesa con Campeón, tranquilo, jugador, alégrate ahora. Este mundo está cambiando. Y aunque te parezca alucinante, este país también. Vas a poder ser bastante más feliz de lo que fuimos nosotros. No hay sin suerte. Te han tocado tiempos mejores, corazón.