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Mauricio Mulder, Pido la palabraCongresista

La forma tan tozuda e intolerante con la que la mayoría oficialista pretende imponer un régimen cuartelario en las universidades, así como la intolerancia al diálogo cuando se trató de aprobar la "reforma" del empleo público, revela que una vena autoritaria está empezando a predominar en el Gobierno al más puro estilo velasquista. Ni siquiera la reciente aclaración de la señora Humala permite disipar las dudas de cómo se busca domesticar y controlar amplios sectores de la sociedad con fines de control político y de domesticación social.

Sabemos que los regímenes laborales públicos deben ser, sin duda, reorganizados y ordenados, pero eso no funcionará si lo que se busca es hacerlo por la vía del despido masivo, tema en el que, en su momento, se embarcó la dictadura en el 93 sin resultado positivo alguno. Por el contrario, los niveles de copamiento y de corrupción aumentaron exponencialmente ahondando el desorden, la burocracia y el cohecho en casi todos los ámbitos de la administración pública.

Un solo ejemplo de triquiñuela disfrazado de reforma: han salido los voceros del Gobierno a decir que, esta vez, los aguinaldos de julio y diciembre serán de un sueldo completo y no de 300 soles. Pero, en realidad, es un engaño. Han tomado como salario la suma actual del año completo y la han dividido entre 14. Con ello le van a descontar al trabajador cada mes para financiar el aguinaldo, se reducirá su sueldo mensual para generarle el engaño del doble sueldo en julio y diciembre.

Toda una farsa.

Lo mismo sucede con la ley universitaria. Exacerbando y pretextando los casos de deficiencia y baja calidad que en todo universo hay, quieren crear una "comisión" de funcionarios designados a dedo para que controlen currículas, investigaciones y economías internas de todas las universidades, tanto públicas como privadas, pisoteando insolentemente su autonomía constitucional tal y como hicieron los militares en el septenato. No extraña que sean dos militares, uno presidente de la República y otro presidente de la Comisión de Educación del Congreso, los que desempolven ese odio-envidia atávicos que algunos militares le tienen al aire libertario y rebelde de las universidades, a las que consideran inferiores a los cuarteles.

Y, encima, las van a hundir en el caos cuando los rectores y cada uno de los decanos vayan a ser elegidos en elecciones generales, incluidos a los graduados, que son literalmente millones de personas. Las universidades, en lugar de ser centros académicos, serán ámbitos de elección permanente y sus paredes y recintos serán templos de propaganda, sí, como es normal a dos o más listas por cada facultad. Nadie tendrá tiempo de estudiar o enseñar por ocuparse únicamente de hacer campaña electoral. ¿Por qué no hacemos lo mismo para las escuelas militares? ¿Qué les parece si los ascensos los decidimos por elección de la tropa? Sería lo más democrático y evitaríamos las corruptelas que el señor Mora solo ve en las universidades, como si no existieran en todas partes.

Todo esto no es sino muestra de intolerancia. Las corruptelas del señor Toledo le han venido como anillo al dedo al nacionalismo militarista, que ahora sí tiene como aliada –más diríamos como esclavizada– a la bancada de Perú Posible, la que necesita a gritos los votos de blindaje del nacionalismo, el que, a su vez, cuenta con la incondicionalidad del toledismo para aprobar la ley Servir, como ya lo ha hecho, y con el garrotazo cuartelario contra las universidades.

Puede que no haya –por ahora– asomo reeleccionista en el Gobierno, pero uno de sus logros es justamente haber evitado toda predictibilidad y habernos regresado al mundo de nuestro pasado, en donde todo era posible de acuerdo con el poder que detentaba.