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La historia es así: en el 2008 un joven narrador llamado Francisco Ángeles (Lima, 1977) publicó su primera novela, La línea en medio del cielo. Era un libro de buen acabado pero adolecía de la rigidez e inseguridad que suelen afectar a los debutantes. Ángeles se tomó su tiempo para dar el siguiente paso y seis años después nos entregó Austin, Texas 1979, un segundo libro muy superior, conformado por una historia mucho más atractiva y sólida, que alcanzaba sus mejores momentos en una segunda mitad que probablemente se encuentre entre las mejores cosas que la narrativa peruana nos ha regalado en estos años tan prolíficos. Luego de este logro, Ángeles decidió volver sobre sus pasos y revisar su primer libro, buscando entre sus páginas algo que evidentemente no encontró, pues decidió reescribirla casi por completo y volver a publicarla, esta vez bajo el nombre de Plagio. Y advierte que este "es el original que se produce después de la falsificación".

Ángeles considera a esta su tercera novela. No le falta razón. Pues Plagio es un libro muy distinto a La línea en medio del cielo, y a excepción de algunas pocas escenas y dos o tres personajes que comparten nombre, hay muy poco para compararlas. En términos cualitativos, también hay distancia: Plagio está mejor construida, es mucho más interesante y ha conseguido liberarse del esquematismo y sequedad de su primera versión. Ángeles pone en movimiento, con pericia e inteligencia, un eficiente juego de identidades falsas y ambiguas en el que la pasión y la violencia van desenmascarando a sus participantes, quienes son testigos y a la vez actores de los últimos años de la dictadura fujimontesinista.

Si en Austin Texas hallábamos una pulsión de vida que comprometía todo el relato –y que encontraba su clímax en la conversación exaltada entre el padre del protagonista y su alumna, y tenía como metáfora las emanaciones seminales descritas en cada encuentro sexual– en Plagio tenemos su contraparte: una tendencia tanática y cruel que domina el argumento desde la primera página hasta la última, que oscurece pensamientos, acciones, atmósferas y hasta las mismas relaciones sexuales de los protagonistas, quienes buscan sitios fúnebres como huacas o lumpenescos hoteles de mala muerte para dar rienda suelta a su deseo. Esa inclinación mortuoria y autodestructiva es la respuesta a un mundo donde todo se degrada de manera veloz, donde todo se ensucia y en el que el sufrimiento abarca hasta los actos compensatorios de la existencia, donde cualquier acto de amor tiene como epílogo la eliminación del más débil. Ese mismo mundo de finales de los años noventa del que, como dice uno de los personajes, todos esperábamos su fin.

Pero quizá lo más interesante del libro sea la reflexión que hace Ángeles sobre las vidas particulares y su relación con un poder omnímodo e inmoral, el que aprovecha las debilidades e intimidades de estas para conducirlas hasta su misma eliminación. Ese poder abyecto que además rehúye sus responsabilidades y sus culpas, creando una red de intereses que las disuelve o termina por endilgárselas a sus mismas víctimas.

Aunque en algunos momentos se vuelve algo mecánica y cae en tiempos muertos que un buen editor pudo haber suprimido, Ángeles ha logrado trascender con Plagio los límites de su primer libro, pero no supera los méritos de Austin Texas 1979, hasta ahora, sin discusión, su mejor novela.

Francisco Ángeles

  • Plagio. Random House, 2016. 114 pp.
  • Relación con el autor: cordial.
  • Puntuación: 3.5/5 estrellas