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Jaime Bayly,La columna Jaime Baylyhttps://goo.gl/jeHNR

Comprenden, ya tarde, que han perdido el tiempo, que han vivido unas vidas extraviadas, inútiles, desdichadas, que no han sabido encontrar el camino de la felicidad tranquila (o intranquila, revoltosa: el placer probablemente late escondido en medio del caos), que no han podido cumplir sus sueños siquiera en parte. Piensan, abatidas, que no tuvieron suerte, o que carecieron de coraje para hacer las cosas que en el fondo siempre quisieron hacer y sin embargo postergaron una y otra vez a despecho del disfrute personal, o que las servidumbres familiares y las obligaciones económicas (que a menudo son la misma cosa) tuvieron la culpa de que no encontrasen el tiempo, la libertad, las circunstancias propicias para hacer lo que hubieran querido hacer y por desgracia no hicieron.

Todos los que hemos fracasado en la tumultuosa travesía que es la vida podemos encontrar incontables excusas para justificar nuestros fracasos, infinitos culpables a los que, lloriqueando, quejándonos, haciéndonos las víctimas, nos conviene atribuir nuestros infortunios y nuestras derrotas: fracasé porque mis padres no me quisieron suficientemente, porque tuve que trabajar desde muy joven y no pude concluir mis estudios, porque mi novia quedó embarazada y me vi obligado a postergar mis sueños para traer dinero a la casa, fracasé porque tuve una absurda mala suerte, porque nadie se dio cuenta de mi escondido talento, porque otros tuvieron las oportunidades para triunfar que yo sin duda merecía y me fueron negadas, fracasé porque tuve que renunciar a mis sueños para dar amor y sostén económico a mi familia, fracasé porque la vida fue condenadamente injusta conmigo, qué injusta es la vida. No fracasé por mi culpa, fracasé por culpa de los demás (de mi familia, de mi país, de la sociedad, del modo tremendamente desigual en que está organizado el mundo contra mí), yo hice todo lo posible para triunfar y ser reconocido como alguien notable y valioso, pero, qué injusta es la vida, todos conspiraron minuciosa y sistemáticamente para que yo no tuviera el éxito que merecía y con el que siempre soñé y que ahora espero que tengan mis hijos para vengar mis frustraciones (aunque el éxito de mis hijos debería ser solo moderado y considerado conmigo, pues si es un éxito clamoroso me recordará lo triste y perdedor que soy).

Pues no: me atrevería a decir que casi siempre tienen éxito los que merecen tenerlo y fracasamos los que merecemos fracasar. El éxito y el fracaso, me parece, no dependen tanto de la suerte como del espíritu, de la fuerza del espíritu. La suerte, desde luego, interviene, y a veces castiga a algunos y premia a otros, pero, por lo general, son los individuos quienes, para bien o para mal, propician su suerte, la tientan, la atraen: así como muchos perdedores nos quedamos cruzados de brazos esperando a que el azar haga por nosotros lo que nos negamos remolonamente a hacer, algunos son tan laboriosos, tercos y obstinados en seguir arando en el mar y navegando a contracorriente que, a la larga, atraen la suerte, la convocan a base de empeño y tesón, y entonces la suerte acaba favoreciéndolos, y pasan a gozar de esa protección (la buena fortuna) que a los envidiosos les parece casual o accidental o del todo injusta, pero que, bien mirada, no resulta una arbitrariedad, sino algo que ellos, los que han encontrado su destino por trabajar con tanto esmero y dedicación, ya merecían.

No se me ocurre una mejor manera de pensar en el éxito que haber hecho lo que uno de verdad quería hacer. La medida del éxito no es el dinero, la fama, el poder, el reconocimiento de los demás, sino la callada opinión que uno tiene de sí mismo: de todas las vidas posibles, de todas las vidas que acaso podía escoger, ¿he vivido realmente la mejor de todas, la que más me convenía, la que era más propicia para sentir que no desperdicié mi existencia ni dilapidé el tiempo y supe moldear mi destino del modo exacto en que debía? Nadie nunca está contento con la vida que ha vivido, todos tenemos nuestras quejas y nuestros reproches y nuestras amarguras y centenares cuando no miles de enemigos reales o imaginarios a los que culpar de todas nuestras miserias, pero algunas personas, las que sienten que han cumplido de un modo borroso y sin embargo cabal su destino, se consuelan, en medio de tantos pesares y sinsabores, humilladas por las inevitables decepciones y traiciones, vejadas por el paso del tiempo y sus estragos (envejecer es acostumbrarse a perder), que, mal que mal, hechas las sumas y las restas, han hecho lo que de verdad querían hacer con sus vidas, se han dedicado noble y apasionadamente, o innoble y viciosamente, a recorrer el camino para el que estaban predestinadas (eso que llamamos "la vocación", que no suele ser el sendero más fácil sino el más arduo y por eso mismo el que más placer nos procura a la larga), y entonces, al mirar atrás, no sienten el vértigo que asalta a los que nos arrepentimos de casi todo lo que hemos hecho y, en particular, de casi todo lo que no hemos hecho, de lo que no nos atrevimos a hacer por cobardes, por pusilánimes, por mediocres.

No se me ocurre un peor fracaso que imaginar que la vida que hemos vivido ha sido básicamente errónea, descaminada, que esto que somos no es lo que deberíamos haber sido sino lo que por desdicha hemos terminado siendo, que nuestro destino se torció, no se cumplió, "no se dio", como dicen a veces los futbolistas. Tiene éxito el que está contento con lo que es, con lo que ha sido, no importa si eso entristece a unos cuantos o a muchos detractores (no se puede contentar a todos, y el camino más seguro para contrariarse a uno mismo es tratar de contentar a todos, una empresa que a menudo acaba mal, con casi todos descontentos, especialmente el débil de espíritu que pensaba que la alegría de los demás justificaba la tristeza propia), tiene éxito el que siente que está viviendo la vida tal y como quiere vivirla, el que mira atrás y dice bueno, pudo ser mejor, pero al menos me di el gusto de hacer lo que me dio la gana y decir lo que de verdad pensaba y sentía, del mismo modo que fracasamos tristemente los que pensamos que nuestra vida ha sido un completo y pesaroso error, una suma de errores, una andadura inútil y amargada, y que el tiempo se nos ha escapado mientras pensábamos que debíamos estar haciendo otra cosa, en otra parte. Nunca es tarde, sin embargo, para redimirnos de la oprobiosa sensación del fracaso y escapar de la senda del perdedor que tan bien conocemos: así como cada día nuevo puede ser el último de nuestra vida, también puede ser el primero de la existencia que siempre hemos soñado para nosotros y que solo haremos realidad si nos convencemos de que ese, y no ningún otro menor, es el destino que de verdad nos merecemos y por el que vamos a trabajar sin desmayo. A eso que algunos llaman talento o genio o buena suerte, yo prefiero llamar la resistencia del espíritu, el triunfo del espíritu.