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Enrique Castillo, Opina.21Si en algún momento –como al inicio de cada período– el Congreso tomó algunas medidas para limpiar su imagen y mostrarse como una institución seria, hoy –como en cada período también– los mismos congresistas conspiran contra ellas y las sabotean.

Desde hace mucho tiempo las acciones y omisiones de un buen número de congresistas se han convertido en fuente de lamentables primeras planas, denuncias y acusaciones. El caso Chehade –el más grave durante este período– es uno más de los muchos escándalos que –con plena conciencia y perseverancia digna de mejor causa– ha generado el Parlamento.

Pero, ¿todos los desaguisados y el desprestigio son de exclusiva responsabilidad de los congresistas? De ninguna manera. En la mayoría de los casos son ellos el origen y los protagonistas de las más increíbles situaciones, pero también es verdad que en otras ocasiones se convierten –y pareciera que disfrutan del papel– en la "carne de cañón" o en las piezas de juegos políticos y de intereses que manejan sus líderes. Es en el Congreso, donde se originan o se desarrollan las "negociaciones" entre aliados o enemigos, y donde se sellan los pactos o acuerdos que muchas veces nos sorprenden o nos indignan.

El Parlamento nunca cambiará ni mejorará su imagen mientras las cúpulas de los gobiernos o de los partidos lo sigan mal utilizando. Nunca dejará de ser lo que es hoy para los ciudadanos mientras los líderes de los partidos le sigan encargando ese juego político que la población tanto rechaza y que ellos jamás ejecutarían. Nunca llegará a ser en realidad el primer Poder del Estado mientras actué entre bambalinas y de espaldas a las verdaderas demandas de la ciudadanía. Lástima por el país, por los electores, y por los pocos congresistas serios, honestos y buenos políticos, que sí los hay.