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Guillermo Giacosa,Opina.21ggiacosa@peru21.com

Mientras conduzco cuento taxis y compruebo que, en determinadas horas y lugares, siempre superan el número de conductores de vehículos particulares. Su ciclo laboral los transforma de plácidos perezosos (me refiero al animal) a urgidos impalas. Esa conducta esquizofrénica suele recibir mentadas de madre que no siempre alcanzan sus oídos, pero que alteran y fatigan a quienes circulamos por las calles de Lima. Comprendo dicha conducta, pero advierto que es socialmente negativa y psicológicamente estresante. Para ellos y para el resto. Además, si para contratar el servicio, el usuario de un taxi se ubicara en un sitio que no altere el tránsito, la circulación sería más fluida, pero dicha consideración no entra en los cálculos del potencial usuario, que parece inmune al insulto disfrazado de claxon y a la visión de una larga fila de carros mientras el verde semáforo deviene rojo.

Los taxistas deberían pasar de cazadores a presas y esperar a sus clientes en sitios predeterminados por la municipalidad. Polucionarían menos, harían que los no taxistas polucionemos menos, y todos llegaríamos más temprano y más sonrientes a nuestras casas. A todo puede acostumbrarse el ser humano. Incluso a marchar al ritmo de la onda verde, como me acaba de ocurrir a mí, a bordo de un taxi, en la avenida Abancay. En un par de minutos la recorrimos de punta a punta a la velocidad de grandes capitales. Bravo.