notitle
notitle

Carmen González, Opina.21c.gonzalez@ceprovi.org

¿Qué sentiría si alguien le cortara sus sueños y matara a su hijo, a quien ya no tendrá en su mesa en esta Navidad? ¿Y si ni siquiera puede enterrarlo?

Hace una semana me llegó el video 'Es Navidad y los seguimos esperando'. Voces quebradas hablaban de sus sueños e ilusiones apagadas. Del sufrimiento eterno de no saber dónde estaba el ser querido.

Invitaban a una actividad por los más de 15 mil desaparecidos del Perú para el viernes 16 en la plaza Francia. Fui allá. Estaba llena de jóvenes con sus instrumentos musicales, sus pancartas, sus velas pero, sobre todo, con su humanidad.

Varios periodistas ex-tranjeros y, claro, la infaltable Gisela Ortiz, a quien la conocimos casi niña. Pensé, entonces, ¿qué diablos nos pasa a la mayoría de adultos y de viejos para ser insensibles frente a estas cosas? ¿Qué nos pasa en el alma para que no nos duela ni nos indigne ver a un padre clamar por el cuerpo del hijo que acunó en brazos?

La sensibilidad es cuestión de humanidad y no deberíamos permitir que la ideología política nos la cercene. La inclusión social debería sustentarse en inclusión emocional, respetando el sentir de los peruanos.

Humala, siendo candidato, debe de haber conversado con familiares de los desaparecidos y haberles ofrecido hacer esfuerzos para hallarlos. Ellos siguen esperando. Por aquí es que debería comenzar la reconciliación nacional.